
Un estudio de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Australia, reveló que bostezar provoca un efecto inesperado en el cerebro: desplaza el líquido cefalorraquídeo en sentido opuesto al que genera una respiración profunda. Mediante resonancias magnéticas realizadas a 22 adultos, los investigadores observaron que, mientras la inhalación forzada empuja este fluido hacia el cerebro, el bostezo lo aleja del encéfalo, algo que sorprendió al equipo científico.

Además, el bostezo aumenta de forma coordinada el flujo sanguíneo cerebral, dejando espacio para que ingrese sangre fresca y elevando el flujo arterial cerca de un 30%. El estudio también halló que cada persona tiene un patrón de bostezo propio, lo que sugiere que se trata de un reflejo innato. Aunque su función exacta aún no se comprende del todo, los científicos creen que podría estar relacionada con la limpieza de desechos del cerebro o con la regulación de su temperatura, lo que refuerza la idea de que bostezar cumple un papel fisiológico clave más allá del cansancio o el aburrimiento.


