El Mundial 2026 vuelve a demostrar que el fútbol no solo mueve emociones, sino también intereses políticos. En Brasil, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva aprovechó el debut de la selección para enviar un mensaje público en el que pidió a los jugadores competir “con alma para el pueblo brasileño”. Aunque el respaldo de un mandatario a su selección puede parecer normal, el contexto electoral ha llevado a algunos analistas a interpretar el gesto como un intento de vincular la imagen del gobierno con uno de los símbolos más poderosos de identidad nacional.
En Colombia, la relación entre política y fútbol se ha vuelto aún más evidente. El candidato presidencial Abelardo de la Espriella ha convertido la camiseta amarilla de la selección en un símbolo recurrente de su campaña, asociándola con mensajes de patriotismo, seguridad y defensa de la nación. La estrategia ha generado debate y cuestionamientos sobre el uso de emblemas nacionales con fines partidarios.
El fenómeno no es nuevo. A lo largo de la historia, gobiernos y movimientos políticos han intentado apropiarse de símbolos deportivos para fortalecer narrativas de unidad, identidad o respaldo popular. El fútbol, por su capacidad de movilizar sentimientos colectivos, se convierte en una herramienta especialmente atractiva para quienes buscan conectar con amplios sectores de la población.
La discusión de fondo es hasta qué punto los símbolos deportivos pertenecen a todos los ciudadanos o pueden ser utilizados como instrumentos de promoción política. Mientras la pelota rueda en las canchas, también se libra una disputa por el significado de los colores, las camisetas y la representación nacional. En un año electoral para varios países de la región, el Mundial vuelve a demostrar que el fútbol y la política rara vez juegan partidos separados.


