En una sala de cualquier casa, frente a una pantalla que por unas semanas se vuelve altar, el Mundial empieza antes del primer silbatazo. Aparecen las camisetas guardadas, las banderas en balcones y los adultos recordando goles que ya pertenecen más a la memoria que al archivo. El futbol tiene esa rareza: un juego, convierte una tarde común en una ceremonia compartida.

El Mundial de 2026 se jugará del 11 de junio al 19 de julio en México, Estados Unidos y Canadá. Según la Fifa, será el más grande: 48 selecciones, 104 partidos y 16 ciudades anfitrionas. Para llegar a esa cita habrán pasado eliminatorias, puntos ganados con angustia, goles salvadores, derrotas amargas, técnicos despedidos y jugadores que cargarán la ilusión de países enteros. Todo ese laberinto terminará reducido a lo más simple: un balón, dos porterías y 22 hombres persiguiendo la posibilidad de meter un gol.
Y qué cosa es un gol… Puede levantar a una nación, apagar a otra, generar lloros y lamentos, provocar abrazos entre desconocidos y rabias que duran toda una vida. El gol tiene algo de relámpago: llega, ilumina, truena, rompe el aire y deja a todos hablando del mismo segundo. Por eso, el Mundial captura el interés del planeta. Es un lenguaje universal. Todos entienden el juego y hablan su idioma.

Los mundiales también han fabricado mitologías. Le dieron al mundo a Pelé, el muchacho brasileño que fue campeón en 1958, 1962 y 1970, único tricampeón de la historia. Después vinieron Maradona, con su zurda rebelde ; Beckenbauer, señor de la cancha; Cruyff, que no necesitó ganar una copa para cambiar el juego; Zidane, elegante y trágico; Ronaldo Nazário, potencia pura; Ronaldinho, sonrisa y fantasía; Messi, coronado al fin en Catar; y Mbappé, velocidad de gacela. Cada Mundial deja héroes, villanos, promesas y fantasmas.
Una semana para evadir las guerras y las politiquerías que tanto cansan al mundo.
Hay, además, un valor profundo en esa competencia. El deporte no elimina las diferencias, pero las ordena por un rato. El rival no es enemigo; es desafío. Se compite bajo reglas comunes, con árbitro, tiempo definido y una aceptación básica: alguien gana, alguien pierde y ambos siguen perteneciendo al mismo juego.
Claro, el romanticismo viaja acompañado de una maquinaria económica inmensa. La Fifa proyecta ingresos brutos récord de US$13 mil millones para el ciclo 2023-2026, pero no se trata de ganancia neta: su presupuesto revisado también prevé reinvertir más de US$11 mil 600 millones en competiciones, programas de desarrollo, federaciones miembros y expansión global del futbol.

El Mundial no solo son cuentas de la Fifa. A su alrededor se enciende un ecosistema enorme: hoteles llenos; restaurantes colocando pantallas; bares preparando promociones; aerolíneas vendiendo rutas; comercios ofreciendo camisetas; plataformas transmitiendo partidos; marcas comprando segundos de atención; proveedores instalando tecnología, seguridad, alimentos, transporte y publicidad. Durante unas semanas, una pelotita blanca reorganiza la agenda emocional y comercial del planeta.
Esa característica perdura. El Mundial es cancha improvisada y corporación, himno y contrato, barrio y bolsón dinerario. Y cuando la pelota rueda, algo se suspende. El favorito puede caer. El pequeño puede resistir. Un arquero desconocido puede salvar a su país. Un muchacho nacido lejos de los reflectores puede escribir su nombre en la historia.
Que venga entonces el Mundial. Que ruede la pelota y que, durante unas semanas, el planeta se permita una pausa. Tiempo siempre habrá para las guerras, las politiquerías, los pleitos mundiales y las miserias que nos cansan.
Por ahora, bastarán un balón, dos porterías y la vieja ilusión de que un gol todavía puede reunirnos como sapiens en una misma gran celebración.



