La confianza: el recurso más escaso, opinión de Alfred Kalschmitt

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Hay países que administran petróleo; otros administran tecnología; algunos incluso administran estabilidad. Guatemala, en cambio, ha pasado años administrando algo mucho más escaso: la confianza. Y lo hace con una consistencia implacable.

Aquí, la desconfianza es una forma de vida. Los ciudadanos dudan, los empresarios calculan antes de invertir, los votantes sospechan, e incluso las instituciones parecen desconfiar entre sí. Esto no es paranoia; es realidad.

Cuando la corrupción deja de ser un escándalo y empieza a sentirse como un procedimiento normal, la confianza se pierde. Un estudio de enero de 2026 reportó que el 41% de los encuestados afirmó que la corrupción ha afectado su vida o la de su familia, mientras que el 54% consideró poco o muy poco probable que los responsables enfrenten consecuencias reales.

Fukuyama, en su obra Trust (1995), advirtió que una sociedad no funciona solo con leyes, sino con confianza. Cuando existe, las cosas avanzan y los contratos se cumplen. Cuando no, todo se vuelve más caro, más lento y más opaco.

Basta ver la infraestructura nacional. La carretera Xochi dejó una lección clara: días antes de su inauguración, una decisión municipal bastó para frenar un proyecto estratégico ya listo para operar. La enseñanza principal fue que no fue el Estado de derecho el que corrigió la situación, sino la presión pública —empresarial, mediática y ciudadana— la que hizo insostenible la decisión.

Funcionó más a través del escándalo que de las instituciones.

Hay una mezcla de ineficiencia, corrupción, burocracia y cultura que se repite. El estadio Doroteo Guamuch Flores, con millones invertidos y luego paralizado, es otro ejemplo. Lo mismo ocurre con el aeropuerto San José, donde los proyectos se lanzan, las decisiones legales quedan sin resolverse y la infraestructura envejece antes de cumplir su propósito.

Guatemala continúa intentando cerrar su brecha de infraestructura, incluso mediante alianzas público-privadas pensadas para dar certeza y atraer inversión. Sin embargo, en la práctica, los proyectos enfrentan retrasos administrativos, debilidad institucional y hábitos políticos que convierten cada iniciativa en una oportunidad de bloqueo o rentismo.

Sin confianza no hay inversión que sobreviva. Nadie invierte donde las reglas cambian constantemente o donde los proyectos pueden detenerse en el último momento. Ningún país se vuelve competitivo bajo esas condiciones.

Con la llegada de elecciones, surgirán nuevos discursos, nuevos candidatos y nuevas promesas, pero el sistema sigue agotado, sin su ingrediente más importante: la confianza.

Esa que, a estas alturas, ya ni siquiera necesita esconderse.

Alfred Kaltschmitt

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