La peligrosidad de una montaña no depende únicamente de su altura. Factores como el clima extremo, las avalanchas, la dificultad técnica, el aislamiento y las limitadas posibilidades de rescate convierten a ciertas cumbres en algunos de los lugares más mortales del mundo.

Entre ellas destaca el Annapurna (8.091 metros), en Nepal, considerado uno de los picos más letales debido a su elevado índice de mortalidad, frecuentes avalanchas y exigentes tramos de roca y hielo. El K2 (8.611 metros), entre Pakistán y China, conocido como la “Montaña Salvaje”, presenta rutas técnicas y peligrosos desprendimientos de hielo, especialmente en el paso denominado Bottleneck.

El Nanga Parbat (8.126 metros), apodado la “Montaña Asesina”, acumula una larga historia de tragedias por sus empinadas paredes y condiciones climáticas impredecibles. El Kangchenjunga (8.586 metros), tercera montaña más alta del planeta, combina aislamiento, clima adverso y una alta tasa de mortalidad.

Sorprendentemente, el Monte Washington en Estados Unidos, pese a medir solo 1.916 metros, es considerado una de las montañas más peligrosas de Norteamérica por sus vientos extremos y bruscos cambios meteorológicos. Por su parte, el Monte Everest sigue cobrando vidas debido a la llamada “zona de la muerte”, situada por encima de los 8.000 metros, donde la falta de oxígeno y las condiciones extremas representan una amenaza constante para los escaladores.


