El negocio que opera desde adentro, Opinión de Edgar Wellmann

Dentro de las cárceles guatemaltecas hay un negocio. Tiene clientes, precios y margen. Y funciona mejor que muchas empresas formales.

No es metáfora. Es la descripción más precisa disponible de lo que ocurre en los centros penitenciarios donde el Barrio 18 tiene presencia documentada. Una economía con reglas claras, jerarquía definida y capacidad de sanción. Una economía que el Estado no creó, no controla y no puede desmantelar con los instrumentos que ha usado hasta ahora.

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Entender por qué requiere mirar hacia adentro.

El primer mercado es el del espacio. En centros con hacinamiento severo, donde la infraestructura fue diseñada para una fracción de la población actual, el espacio físico es un bien escaso con precio. Quién duerme dónde, quién tiene acceso a áreas con ventilación, quién puede recibir visitas en condiciones mínimas: todo eso tiene un valor que se cobra y se administra. No lo administra la Dirección General del Sistema Penitenciario. Lo administra quien controla el módulo.

El segundo mercado es el de la protección. Dentro de un centro donde conviven estructuras con intereses distintos y donde la violencia es una variable de negociación, la protección tiene precio. Pagar garantiza que ciertas amenazas no se materializan. No pagar tiene consecuencias conocidas y predecibles. Ese mercado no requiere publicidad. Opera por reputación.

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El tercer mercado es el de las comunicaciones. Teléfonos móviles dentro de las cárceles guatemaltecas no son una anomalía que los operativos no han podido corregir. Son un producto con demanda constante, cadena de suministro establecida y precio de mercado. Quien los provee cobra. Quien los usa paga. Y lo que se hace con ellos genera ingresos que salen de los muros.

Ese tercer mercado es el que conecta la economía intramuros con la sociedad.

Las llamadas de extorsión que reciben hogares, comercios y transportistas en la zona metropolitana y en departamentos como Escuintla y Quetzaltenango tienen, con alta probabilidad, origen en ese mercado de comunicaciones. No en la calle. En una celda con teléfono pagado, con una red de cobro externa ya establecida y con información territorial suficiente para saber a quién llamar, cuánto exigir y qué amenaza es creíble.

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La prisión no es el final del negocio. Es su sede más estable. Le da infraestructura, protección institucional de facto y un entorno donde la competencia interna está regulada. Desde afuera, el actor criminal enfrenta riesgos: rivalidades, operativos, exposición. Desde adentro, opera bajo un equilibrio que nadie tiene incentivos para romper.

Eso explica por qué los decomisos de teléfonos no producen reducción sostenida de extorsiones. No atacan el negocio. Atacan un insumo que se repone.

La pregunta correcta no es por qué entran los teléfonos. Es quién tiene interés en que sigan entrando.

La respuesta no requiere teoría de conspiración. Requiere leer la economía política del equilibrio. El personal custodio que opera en condiciones de subfinanciamiento crónico, sin carrera profesional ni incentivos de largo plazo, enfrenta una elección que el Estado no ha resuelto: cumplir una función que el sistema no financia adecuadamente, o participar en la economía paralela que el sistema tolera. Muchos eligen lo segundo. No por maldad. Por racionalidad dentro de los incentivos disponibles.

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La administración formal que necesita que los centros no produzcan crisis visibles tiene un interés directo en mantener el equilibrio con las estructuras que gobiernan el interior. Un motín es costoso políticamente. Una cárcel que funciona con gobernanza de facto es manejable. El Estado tolera la jerarquía criminal porque romperla tiene un costo que nadie ha decidido asumir.

El resultado es un sistema que se autofinancia y se autorregula.

Los mercados internos generan los recursos para mantener la jerarquía. La jerarquía mantiene el orden interno que el Estado necesita. La administración formal tolera ese ciclo porque interrumpirlo tiene un costo que nadie quiere pagar. Y mientras ese ciclo se sostiene, la operación extorsiva hacia afuera continúa sin interrupción estructural.

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Romper ese ciclo no requiere más operativos de decomiso ni más declaraciones de control. Requiere intervenir en la economía política que lo sostiene: profesionalizar y compensar adecuadamente al personal custodio para que la elección racional deje de ser participar en la economía paralela, separar físicamente a los líderes de sus redes de comunicación de manera sostenida y no solo puntual, y hacer que el costo de mantener el equilibrio actual sea más alto para la administración formal que el costo de romperlo.

Ninguna de esas tres intervenciones es un operativo. Las tres son decisiones de política que requieren presupuesto, continuidad y voluntad de absorber la resistencia inicial.

La economía que opera desde adentro lleva décadas construyendo su estabilidad.

Interrumpirla no es un fin de semana de trabajo.

AAUDIO COLUMNA

Edgar Wellmann

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