El Estado tampoco

El guatemalteco que llena su tanque esta semana está pagando una factura de guerra que no le corresponde. Pero el verdadero problema no es Ormuz. Es que Guatemala llegó a esta crisis sin la resiliencia para encajarla.
El conflicto que estalló el 28 de febrero entre Estados Unidos, Israel e Irán ocurre a más de doce mil kilómetros de aquí. El Estrecho de Ormuz —apenas 33 kilómetros en su punto más estrecho— canaliza alrededor de una quinta parte del petróleo mundial. Cuando Irán lo bloqueó, el Brent superó los 100 dólares en cuestión de días y alcanzó picos cercanos a los 110. Varios organismos internacionales advierten que el impacto rivaliza con las grandes crisis petroleras de los años setenta. No es una turbulencia. Es un reordenamiento.Y Guatemala ya está adentro.

El impacto llega por tres canales simultáneos. El energético: más caro el combustible, más caro el transporte, más cara la producción. El logístico: los puertos absorben el choque con un rezago de dos a tres meses, lo que sitúa el pico de impacto entre mayo y junio si el conflicto persiste. Y el más silencioso: los fertilizantes. La urea se produce con gas natural. El gas escasea. Las gremiales agrícolas reportan alzas de dos dígitos en estos insumos. Los agricultores que preparan el ciclo de primera temporada decidirán siembra en las próximas semanas con esos precios encima. Eso no es una cifra. Es una cosecha. Y esa cosecha no se recupera después.
Las estimaciones del Banco de Guatemala sitúan la presión adicional sobre la inflación entre 0.4 y 1.5 puntos porcentuales, según la duración del conflicto. En papel, manejable. En la canasta de una familia del Corredor Seco, no lo es. Guatemala tiene la tasa más alta de desnutrición crónica infantil de la región: uno de cada dos niños menores de cinco años la padece. No hay margen disponible para más apretón. Lo que parece moderado en las proyecciones macroeconómicas puede ser devastador en los municipios donde la línea entre alimentarse y no hacerlo es más delgada que cualquier modelo.

El Ejecutivo respondió en dos tiempos. Primero, el Gabeco (Gabinete Específico de Desarrollo Económico): precios de referencia de combustibles, vigilancia de fertilizantes, comunicación institucional. Después, una propuesta concreta: subsidios de Q8 por galón de diésel, Q5 por galón de gasolina y Q20 por cilindro de propano, financiados con readecuación presupuestaria por noventa días. No es solo comunicación.

Es política fiscal de emergencia, y merece reconocerse. Pero el Congreso cerró el periodo de sesiones sin aprobarla. Los consensos se rompieron por discrepancias sobre si financiar el programa con readecuación o con ampliación presupuestaria, y la decisión quedó suspendida hasta después de Semana Santa. Mientras tanto, el precio sigue subiendo y la medida sigue en papel. Todo indica que el conflicto se prolongará varios meses: Irán eleva el costo de la guerra hasta forzar negociación, y ese horizonte exige otra escala de respuesta. Reservas estratégicas de fertilizantes. Transferencias directas a los quintiles más pobres activadas antes del pico, no después. Y la conversación que Guatemala lleva décadas postergando: la de su matriz energética.

Este país tiene ríos, tiene volcanes, tiene sol. Tiene potencial hidroeléctrico, geotérmico y solar que permanece subutilizado porque importar petróleo siempre resultó políticamente más simple que transformar una estructura. Lo que resultaba simple ayer, hoy sale caro. Después del embargo de 1973, Francia lanzó su programa nuclear masivo. Después de 1979, Japón se reinventó en eficiencia energética. Ambos convirtieron una crisis en arquitectura. Guatemala, en cambio, ha convertido cada crisis en un paréntesis: la capea, espera que baje el precio, y vuelve al punto de partida. La próxima vez que Ormuz estornude —y habrá una próxima vez— el país estará exactamente igual de expuesto.

Lo que estamos pagando en la gasolinera esta semana no es solo el precio del petróleo. Es el costo acumulado de decisiones que no se tomaron. De la diversificación energética que siempre tuvo otra prioridad. De las reservas estratégicas que nunca se constituyeron. De la política social de contingencia que se diseña cuando el daño ya está hecho.

Guatemala tiene la solidez macroeconómica, las instituciones y la inteligencia técnica para responder bien a esta crisis. Lo que nadie puede garantizar es que vuelva a tener la oportunidad de aprenderla si elige, una vez más, no aprender nada.

Doce mil kilómetros no son suficiente distancia, por Edgar Wellman

