La economía de China enfrenta una deflación estructural respaldada por datos contundentes. En términos simples, produce más bienes, pero genera menos ingresos por cada unidad, reflejando la esencia de este fenómeno. El deflactor del PIB acumula 11 trimestres consecutivos en negativo, la racha más larga en al menos 30 años, mientras que los precios al productor suman más de 40 meses de caída interanual. Además, el crecimiento económico se ha desacelerado por debajo del 5%.
Aunque la economía crece en volumen, no lo hace en ingresos. El deflactor cayó -0.7% interanual en el cuarto trimestre de 2025, lo que implica menores márgenes para las empresas, menor recaudación fiscal y mayor presión sobre la deuda. Esta dinámica responde a una demanda interna débil —afectada por la crisis inmobiliaria— y a una sobreproducción que obliga a competir reduciendo precios.
Las consecuencias incluyen riesgo de desempleo, menor consumo y una posible “trampa de balance” en el sistema financiero. A nivel global, China exporta esta deflación mediante productos más baratos, generando tensiones comerciales.
Sin una recuperación del consumo o ajustes en la producción, la segunda economía mundial enfrenta un escenario de presión prolongada con impacto global.

