La creciente presión de Estados Unidos ha profundizado la crisis económica en Cuba, provocando una parálisis que afecta combustible, alimentos y turismo. Tras el restablecimiento de relaciones diplomáticas en 2015 bajo la presidencia de Barack Obama, la isla vivió un auge turístico que benefició a sectores privados como el de los autos clásicos. Sin embargo, ese impulso quedó atrás.
El Gobierno de Donald Trump endureció su política hacia La Habana, limitando el flujo de petróleo —en parte mediante acciones contra Venezuela— con el objetivo de forzar reformas políticas y económicas. Sin aliados que suministren combustible, la isla enfrenta una escasez crítica. Las consecuencias son visibles: escuelas cerradas, hoteles vacíos, vuelos cancelados, hospitales con servicios reducidos y acumulación de basura por falta de transporte.
La caída del turismo agrava la situación, mientras apagones prolongados afectan a casi 10 millones de habitantes. Empresas mineras han suspendido operaciones y festivales internacionales fueron cancelados. Además, la importación de alimentos, vital para el país, peligra ante posibles restricciones adicionales.
El presidente Miguel Díaz-Canel ha llamado a “resistir creativamente”, pero muchos cubanos temen una crisis humanitaria mayor. Para trabajadores como Mandy Pruna, conductor de autos clásicos, la falta de gasolina y turistas elimina cualquier perspectiva de sustento, impulsando incluso la idea de emigrar.


