La leche de almendras, popular como alternativa vegetal frente a los lácteos de origen animal, ha sido objeto de estudios por su significativo impacto ambiental. Cerca del 80% de la producción mundial se concentra en California, donde cada almendra requiere aproximadamente 12 litros de agua, lo que convierte a esta bebida en una de las de mayor huella hídrica a nivel global. Además, la producción depende de millones de abejas melíferas para la polinización, generando estrés, exposición a agroquímicos, enfermedades y elevada mortalidad de colonias, afectando tanto a abejas introducidas como a especies nativas.

A pesar de que la leche de almendras presenta menores emisiones de carbono que la leche de vaca, su alto consumo de agua y los riesgos asociados a la polinización masiva plantean desafíos ambientales importantes.

Investigadores destacan que la sostenibilidad de esta bebida depende de prácticas agrícolas responsables, optimización del riego mediante tecnologías como microrriego, manejo eficiente del suelo y desarrollo de variedades de almendro autocompatibles que reduzcan la dependencia de polinizadores.

El análisis de ciclo de vida es crucial para evaluar la huella hídrica, la huella de carbono y los efectos sobre los ecosistemas, permitiendo identificar áreas de mejora y fomentar una producción más sostenible, que equilibre la demanda del mercado con la conservación ambiental.


