
La economía de India atraviesa un momento de renovado optimismo tras décadas de crecimiento irregular. Según The Economist, su reciente desempeño se explica por la combinación de un contexto favorable, políticas macroeconómicas prudentes y un impulso sostenido de reformas estructurales. En 2025, el PIB creció 8,2% y el gobierno elevó su previsión para el ejercicio fiscal 2026 al 7,4%, ritmo considerado clave para alcanzar el objetivo de convertirse en una economía desarrollada en 2047.

Factores coyunturales, como dos años consecutivos de buenas lluvias monzónicas, ayudaron a contener la inflación —que cayó al 1,3%— y a fortalecer el consumo interno. A ello se suma una consolidación fiscal progresiva, recortes de tasas de interés y una política monetaria más flexible por parte del Banco de la Reserva de la India.

En el largo plazo, el motor principal es la reforma estructural: simplificación de leyes laborales, apertura a la inversión extranjera, modernización del sistema financiero y fortalecimiento de la infraestructura digital. Paradójicamente, los aranceles impuestos por Donald Trump forzaron a India a acelerar cambios y diversificar su estrategia comercial.
El país avanza como polo manufacturero, especialmente en electrónica, con empresas como Apple expandiendo su producción local. Aunque persisten desafíos en inversión privada y empleo, India parece decidida a asumir los riesgos de la transformación económica para evitar quedar rezagada en la economía global.

