Hay infinitas maneras de recordar a Brigitte Bardot, que este domingo ha muerto a los 91 años, y, probablemente, todas culpables. Fue la imagen más exportable de Francia y lo fue a lo largo de casi cinco décadas. Para lo bueno y para lo malo. Para la celebración festiva e irónica del placer en un nuevo tiempo y para el machismo voyeurista más elemental y cínico de todas las épocas.

Las siglas de su nombre (BB) se convirtieron en marca de un país entero y, a la vez, en desangelada excusa para los chistes más zafios (como cuando se la pasó a llamar BB-phoque para hacer escarnio de su entregada defensa de los animales). Ella misma, ya víctima probablemente de su propia imagen, se empeñó en transformar, ya entrado el siglo que nos ocupa, su credo animalista -y, por ello, humanista- en una excusa más para las proclamas reaccionarias contra la supuesta islamización del país y, llegado el caso, contra el MeToo.

Para la mayoría de los espectadores aún con memoria, Brigitte Bardot nació de la mano de Roger Vadim, su marido entonces y férreo controlador de su carrera. En 1956 rodó la película Y dios creó a la mujer. Tenía 22 años y, hasta entonces, se había dejado ver en varias películas con un pelo castaño destinado al olvido. En un deslumbrante Technicolor, Bardot, ahora y por siempre rubia, se metamorfoseaba de golpe en la viva imagen del deseo. Del deseo masculino, claro. Su cintura más allá de la avispa y su caminar ingrávido y rotundo al mismo tiempo hizo de ella la encarnación de la sensualidad años 50 a la altura misma de Marilyn Monroe. BB contra MM. En la cinta, ambientada en Saint-Tropez, daba vida una joven huérfana deseada por igual por la obsesión destructiva de un viejo y por el ansia liberador de Jean-Louis Trintignant. Libre y sin prejuicios, bailaba desnuda sobre las cenizas de la moral de posguerra y anunciaba el principio de una revolución que el tiempo quizá descubrió fallida.

