En el árido desierto de Sonora, México, el empresario Alejandro Sánchez lidera una peligrosa misión: recuperar una mina de oro valuada en miles de millones de dólares que fue tomada por Los Chapitos, hijos del narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán. Su historia combina ambición, fe, violencia y redención personal.
Todo comenzó en 2022, cuando Sánchez —un empresario radicado en California y antiguo huérfano del Instituto Kino en Hermosillo— fue contactado por Nicah Odood, un inversionista estadounidense cuya mina había caído en manos del crimen organizado. Sánchez aceptó mediar a cambio de que el 1% de las ganancias se destinara al orfanato donde creció. Sin saberlo, se adentró en una guerra entre cárteles por el control del oro y de una estratégica ruta del narcotráfico hacia Estados Unidos.
El terreno, conocido como La Ciénega, estaba bajo dominio de Los Deltas, aliados de Los Chapitos, que explotaban el yacimiento de forma ilegal y violenta, controlando ranchos y desplazando familias. Sánchez buscó apoyo del ejército y la policía, pero se topó con corrupción, sobornos y amenazas. Pese a ello, logró apoyo parcial de las autoridades sonorenses y del entonces jefe de seguridad, Víctor Hugo Enríquez, quien inició operativos para debilitar a los cárteles.
Tras meses de inteligencia —que incluyó información obtenida por trabajadoras sexuales infiltradas entre los mineros—, en septiembre de 2024 el gobierno lanzó una redada militar con helicópteros y vehículos blindados. Los criminales huyeron antes del enfrentamiento, alertados por Los Chapitos. Sánchez volvió a pisar la mina: el oro regresaba a manos legales.
Sin embargo, la victoria fue efímera. Un informante que había colaborado en la operación resultó ser miembro del cártel de los Salazar, que reclamó un 15% de las ganancias a cambio de “protección”. Sánchez se negó. Desde entonces, las amenazas continúan y los cárteles aún disputan la región.
Hoy, la mina ha reanudado operaciones, y nuevos inversionistas se suman al proyecto. Sánchez ha contratado a jóvenes del orfanato donde creció y destina parte de los ingresos a su reconstrucción.
En un país marcado por la violencia y la impunidad, su cruzada por la mina de La Ciénega simboliza una lucha por la justicia, la redención y la esperanza. “Todos tenemos una misión”, dice Sánchez, mirando las ruinas del orfanato que lo vio crecer.

