El mercado del arte enfrenta serios desafíos relacionados con falsificaciones, obras robadas y lavado de dinero. Se estima que hasta un 10% de las piezas en circulación tienen procedencia dudosa, y que el arte mueve más de 6,000 millones de dólares anuales dentro de la economía subterránea.
Aunque la falsificación es una práctica antigua, su escala se ha incrementado por la demanda de coleccionistas, guerras, avances tecnológicos y la falta de regulación. La economía subterránea del arte incluye tanto actividades ilegales como transacciones no reportadas o informales, lo que dificulta su control.
El arte es ideal para el lavado de dinero por su valor subjetivo, fácil transporte y una cultura de opacidad. Instituciones y galerías, en algunos casos, facilitan sin saberlo (o sabiendo) el blanqueo de activos, ya que las obras pueden usarse como formas de pago en actividades criminales o como sobornos disfrazados de regalos.

Casos como el presunto obsequio de un Picasso a Michel Platini ilustran cómo el arte puede ser utilizado con fines cuestionables. Además, los conflictos armados, como los saqueos en Siria o Irak, aumentan el flujo de obras hacia este mercado opaco.
Por eso, más allá de verificar la autenticidad, es crucial conocer la procedencia legal de una obra antes de comprarla, ya que el arte también puede ser una vía para financiar economías ilícitas.

