Nuestros problemas son más profundos que Biden, Steven Hecht

La campaña de los demócratas hacia un gobierno de partido único continuará con o sin el viejo Joe

La forma en que Joe Biden se retiró de Afganistán dio ayuda y consuelo al enemigo. Los talibanes protegieron a Al Qaeda, que atacó a Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. Algunos líderes talibanes son terroristas reconocidos, incluido su primer ministro interino.

Normalmente, este tipo de acciones por parte de cualquier presidente de EE. UU. desencadenaría una investigación bipartidista para destituirlo. Ahora ya no. El Partido Demócrata ha abandonado el Estado de derecho.

La declaración de Biden del 9 de septiembre hacia los estadounidenses que no se han vacunado contra el COVID-19 y las nuevas medidas que anunció son totalitarias. Él y sus aliados están empeñados en transformar esta república constitucional en una dictadura. Los demócratas están intentando federalizar las elecciones presidenciales, eliminar la identificación de los votantes, impedir la actualización de las listas de votantes, enviar por correo papeletas de voto no solicitadas, añadir escaños al Senado garantizados para los demócratas y aumentar el número de jueces de la Corte Suprema.

Nuestros fundadores estructuraron el gobierno para resistir los esfuerzos de personas inescrupulosas que intentaran imponernos un sistema antidemocrático. Nunca hemos estado tan cerca de la desaparición del sistema constitucional. Aunque la Guerra Civil podría haber dado lugar a dos países, no hay forma de dividir el país entre las facciones que ahora se disputan el control. Uno de ellos debe prevalecer.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Nuestros derechos otorgados por el Creador preceden al gobierno y solo se pueden restringir mediante el debido proceso legal. El individuo es lo más importante. Todos somos iguales ante el Creador. Aspiramos a la igualdad ante la ley y de oportunidades. Aunque la naturaleza hace que ambas cosas sean imposibles, las aspiraciones son saludables.

La igualdad de resultados también es imposible, pero es un camino hacia la destrucción. La confiscación a los productores para dársela a otros destruye los incentivos y la producción porque el interés propio nos motiva. Podemos ser altruistas y caritativos. Sin embargo, la Unión Soviética, China, Cuba y Corea del Norte han demostrado a dónde conduce la igualdad coaccionada: a la tiranía, con unos más iguales que otros.

Con estos ejemplos, ¿por qué la gente renuncia voluntariamente a la libertad por una utopía irrealizable? La respuesta también está en la naturaleza. Tenemos filtros en nuestras mentes que colocan a las emociones por encima del análisis racional. Nuestro razonamiento consciente suele reflejar lo que nuestra mente inconsciente ya ha decidido. Tendemos a no buscar respuestas en nuestro interior porque el filtro hace que eso nos dé miedo.

El truco de la política identitaria

Nuestra tendencia natural es mirar fuera y culpar a los demás de nuestro dolor emocional, el cual percibimos como una injusticia. Los manipuladores sin escrúpulos se aprovechan de esta tendencia para dividir a la sociedad, lo que crea caos y violencia. La gente apoya entonces a un gobierno central fuerte que promete arreglar las cosas.

La política identitaria, antitética a nuestros principios fundacionales, es una división destructiva. Identificar a los individuos por grupos es colectivismo. Una vez inferiores al grupo, los derechos constitucionales ya no protegen al individuo de la aplicación arbitraria de la ley. Sin las restricciones de la ley, los funcionarios del gobierno abusan del poder hasta convertirse en dictadores.

Antes de llegar a esta etapa, la polarización de la sociedad debe ser intensa, como lo es ahora. Los demócratas y sus partidarios ven a los partidarios de Trump como el mal encarnado. Para evitar la introspección, los demócratas proyectan en lo que ellos mismos se han convertido: intolerantes y totalitarios. El filtro en sus mentes hace que esto parezca lógico.

La política identitaria consiste en grupos víctimas, privados de algo, en contraposición a los opresores, racistas, homófobos, etc., responsables de aquella privación. Cuanto más intenso es el miedo y el odio, más fácil es rechazar la evidencia contraria.

La mentalidad demócrata

Para sus oponentes, los demócratas parecen hipócritas debido a las contradicciones en sus posiciones, como que las mujeres puedan abortar en cualquier momento mientras obligan a todos a ponerse la vacuna contra el COVID-19. Los demócratas demonizan a los partidarios de Trump como antivacunas a pesar de que Trump recomienda vacunarse.

Los demócratas no ven contradicciones. Su fanatismo los hace impermeables a los hechos, y ellos proyectan su mentalidad en los supuestos opresores. Los demócratas siguen creyendo que Putin controlaba a Trump o hacen la vista gorda a que eso ya se ha refutado.

Para destruir al enemigo, los demócratas pasaron a la siguiente táctica según el supuesto de que el fin justifica los medios. Los demócratas no encontraron ninguna contradicción entre impulsar la destitución de Trump por una llamada telefónica inocua y dejar pasar la llamada comprometedora de Biden, sin importar que ayude al enemigo.

Rechazar la realidad es necesario para la tiranía

En el fondo, los totalitarios rechazan la naturaleza. Antes de Karl Marx, Jean-Jacques Rousseau sostenía que el gobierno podía cambiar la naturaleza humana. Por lo demás, las personas inteligentes no son conscientes de que racionalizan lo imposible como resultado de su incapacidad para aceptarse a sí mismas y al mundo que las rodea.

Los totalitarios odian la religión porque, en general, la fe nos ayuda a lidiar con lo incognoscible y enseña valores que promueven la convivencia humana. La religión también se centra en el libre albedrío individual, anatema para el colectivismo.

Marx llamó a la religión el opio de las masas. La miseria y el fanatismo de Marx le impidieron entender la religión. Así lo demuestran sus seguidores que ahora controlan el Partido Demócrata.

El desacuerdo y el debate estridente dentro de un sistema democrático son saludables. El problema ocurre cuando un grupo considerable y radicalizado apoya el cambio de las reglas para imponer su agenda. Esos son los demócratas de hoy.

Si queremos mantener nuestra libertad dentro del sistema constitucional, debemos reconocer que el desafío no proviene de Biden. Tenemos que entender a quienes lo dirigen para poder exigirles responsabilidades.

Es imposible razonar con totalitarios, aunque ellos nieguen esa etiqueta. Debemos entenderlos a ellos, a nosotros mismos y lo que está en juego para así derrotar la misión de los demócratas con una unión y el trabajo dentro de la ley.

Debemos entender lo que ha llevado a los Estados Unidos al borde del abismo. El conocimiento y la educación son las claves para recuperar nuestra libertad. La alternativa es impensable.

Steven Hecht

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