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Doblegados, opinión de Carolina Castellanos

Inicio con un texto que leí hace poco. Dice así: “estamos ante una generación de gente débil donde todo debe ser suavizado porque todo es ofensivo, incluida la verdad”. El autor es Ferrer; desconozco el nombre completo.

Me pareció muy acertado. No sé cuándo lo escribió, pero parece que fue ayer, pues es muy actual lo que Ferrer expresa. El constante reclamo y exigencia de llamar de una forma u otra a las personas “diferentes” se ha extendido tanto que ya no se vale vestirse de forma extravagante, usar el pelo de colores y, por supuesto, utilizar ropa de género diferente con el que la persona nació. Ahora es casi una obligación aceptar costumbres, actos u otros, con los que no estamos de acuerdo.

Lo mismo sucede con el pensamiento político e ideología. Yo rechazo absolutamente el pensamiento de izquierda. Yo soy libertaria “hasta los huesos”, pero eso no me da permiso ni licencia de acusar sin fundamento, insultar por no estar de acuerdo con esa ideología, entre muchos ejemplos más, de toda índole.

Se vale no estar de acuerdo con un pensamiento, conducta y lo que sea. Lo que no se vale es exigir que todos adoptemos pensamientos, conductas e ideologías con las que no estamos de acuerdo. Diversos medios de comunicación, redes sociales, artículos en cualquier medio, destruyen el lenguaje. Nuestro idioma español es muy lindo, al igual que otros idiomas. Ahora ha sido manipulado para ser “inclusivo”. Ya perdimos la libertad de utilizar el idioma “como antes”, pues, si no utilizamos las nuevas formas, significa que rechazamos a las personas diferentes y las ofendemos.

Si una persona tiene sobrepeso, es muy alta o muy baja, o tiene una gran nariz, con toda certeza recibirá un sobrenombre que definirá su “defecto” o “diferencia”. Ya estamos acostumbrados a estas prácticas que, sin duda alguna, ofenderán a unos y a otros no les importará. Cambiar estas costumbres es pedir un imposible.

El problema que todo esto ha generado es el título de este artículo. Estamos doblegados. Ahora se ha vuelto una obligación utilizar cualquier adjetivo que describa la figura, la creencia, el pensamiento, el actuar o lo que sea, de otra persona o será acusada de discriminación. ¡Doblegados! Hay una gran diferencia entre respeto y e insulto. Ahora resulta que, si no llamo de la forma que una persona diferente quiere, sea por género, peso, figura, peinado, etc., puedo ser acusada de quién sabe qué. Lo hemos visto en las redes sociales. El castigo público es la forma de doblegar a quien, por error o desconocimiento, utilizó un adjetivo “equivocado”.

Lo mismo sucede en la política, especialmente en época de elecciones. Allí es hasta “válido” insultar, criticar, atacar y lo que sea. La pregunta es: ¿logramos algo con todo esto? Definitivamente nos desahogamos. Tenemos el “derecho” de hacerlo, pues aún vivimos en un país libre y la Constitución garantiza la libertad de expresión. ¿Y después de desahogarnos, ¿logramos algo?

No nos gusta un producto, una marca, una institución o una empresa y empezamos a darle rienda suelta a la crítica en las redes. Se “vale” pues, nuevamente, tenemos libertad de expresión. Sin embargo, esa libertad, necesariamente, va atada a la responsabilidad. Expresarse anónimamente protege al autor de la crítica y destruye, con o sin razón, el objeto o persona aludida.

Otra pregunta es si logramos resolver algo o simplemente “caldeamos los ánimos”. Tenemos libertad de expresión, así que podemos dar rienda suelta a nuestros pensamientos, y creencias, en público y en privado. 

Así las cosas, estamos doblegados, subyugados a la opinión de otros. El resultado de esto es el fin de la libertad. Si dejamos que se pierda, los políticos, principalmente, se aprovecharán, pues ya nos tendrán doblegados. Este gobierno en particular, con su fuerte tendencia al pensamiento de izquierda, tiene la sartén por el mango. ¡No lo podemos permitir!

Inicio con un texto que leí hace poco. Dice así: “estamos ante una generación de gente débil donde todo debe ser suavizado porque todo es ofensivo, incluida la verdad”. El autor es Ferrer; desconozco el nombre completo.

Me pareció muy acertado. No sé cuándo lo escribió, pero parece que fue ayer, pues es muy actual lo que Ferrer expresa. El constante reclamo y exigencia de llamar de una forma u otra a las personas “diferentes” se ha extendido tanto que ya no se vale vestirse de forma extravagante, usar el pelo de colores y, por supuesto, utilizar ropa de género diferente con el que la persona nació. Ahora es casi una obligación aceptar costumbres, actos u otros, con los que no estamos de acuerdo.

Lo mismo sucede con el pensamiento político e ideología. Yo rechazo absolutamente el pensamiento de izquierda. Yo soy libertaria “hasta los huesos”, pero eso no me da permiso ni licencia de acusar sin fundamento, insultar por no estar de acuerdo con esa ideología, entre muchos ejemplos más, de toda índole.

Se vale no estar de acuerdo con un pensamiento, conducta y lo que sea. Lo que no se vale es exigir que todos adoptemos pensamientos, conductas e ideologías con las que no estamos de acuerdo. Diversos medios de comunicación, redes sociales, artículos en cualquier medio, destruyen el lenguaje. Nuestro idioma español es muy lindo, al igual que otros idiomas. Ahora ha sido manipulado para ser “inclusivo”. Ya perdimos la libertad de utilizar el idioma “como antes”, pues, si no utilizamos las nuevas formas, significa que rechazamos a las personas diferentes y las ofendemos.

Si una persona tiene sobrepeso, es muy alta o muy baja, o tiene una gran nariz, con toda certeza recibirá un sobrenombre que definirá su “defecto” o “diferencia”. Ya estamos acostumbrados a estas prácticas que, sin duda alguna, ofenderán a unos y a otros no les importará. Cambiar estas costumbres es pedir un imposible.

El problema que todo esto ha generado es el título de este artículo. Estamos doblegados. Ahora se ha vuelto una obligación utilizar cualquier adjetivo que describa la figura, la creencia, el pensamiento, el actuar o lo que sea, de otra persona o será acusada de discriminación. ¡Doblegados! Hay una gran diferencia entre respeto y e insulto. Ahora resulta que, si no llamo de la forma que una persona diferente quiere, sea por género, peso, figura, peinado, etc., puedo ser acusada de quién sabe qué. Lo hemos visto en las redes sociales. El castigo público es la forma de doblegar a quien, por error o desconocimiento, utilizó un adjetivo “equivocado”.

Lo mismo sucede en la política, especialmente en época de elecciones. Allí es hasta “válido” insultar, criticar, atacar y lo que sea. La pregunta es: ¿logramos algo con todo esto? Definitivamente nos desahogamos. Tenemos el “derecho” de hacerlo, pues aún vivimos en un país libre y la Constitución garantiza la libertad de expresión. ¿Y después de desahogarnos, ¿logramos algo?

No nos gusta un producto, una marca, una institución o una empresa y empezamos a darle rienda suelta a la crítica en las redes. Se “vale” pues, nuevamente, tenemos libertad de expresión. Sin embargo, esa libertad, necesariamente, va atada a la responsabilidad. Expresarse anónimamente protege al autor de la crítica y destruye, con o sin razón, el objeto o persona aludida.

Otra pregunta es si logramos resolver algo o simplemente “caldeamos los ánimos”. Tenemos libertad de expresión, así que podemos dar rienda suelta a nuestros pensamientos, y creencias, en público y en privado. 

Así las cosas, estamos doblegados, subyugados a la opinión de otros. El resultado de esto es el fin de la libertad. Si dejamos que se pierda, los políticos, principalmente, se aprovecharán, pues ya nos tendrán doblegados. Este gobierno en particular, con su fuerte tendencia al pensamiento de izquierda, tiene la sartén por el mango. ¡No lo podemos permitir!