
Aunque los reactores modulares pequeños (SMR) son presentados como el emblema del renacimiento nuclear en Estados Unidos, su impacto real aún es incierto y, para muchos expertos, exagerado. La reactivación de la planta de Palisades, en Michigan, busca combinar un reactor convencional con futuros SMR, pero estos proyectos siguen enfrentando altos costos, plazos prolongados y una falta de experiencia operativa en el país.

Pese al fuerte respaldo del gobierno de Donald Trump y las inversiones de grandes tecnológicas interesadas en energía constante para centros de datos, los SMR no han demostrado ser competitivos frente a fuentes más baratas y rápidas de desplegar, como la energía solar, eólica o el gas natural. Actualmente, solo tres SMR funcionan en el mundo y ninguno en Estados Unidos, lo que refuerza las dudas sobre su viabilidad comercial.
Analistas advierten que la narrativa optimista repite promesas hechas décadas atrás sobre la energía nuclear: menor costo y mayor eficiencia, objetivos que históricamente no se han cumplido. En ese contexto, los SMR aparecen más como una apuesta experimental y de largo plazo que como una solución inmediata o decisiva para la transición energética estadounidense.


