Las evidencias empiezan a concretarse también en ensayos clínicos. Un estudio publicado en 2025 comparó el consumo de yogur entero (3,25 % de grasa) frente al desnatado en adultos con prediabetes. Tras tres semanas, quienes consumieron yogur entero mostraron una reducción significativa de los triglicéridos en sangre en comparación con el grupo que tomó yogur sin grasa. Aunque se trata de un estudio de corta duración y en una población específica, sus resultados se suman a una literatura científica cada vez más consistente.

En esta línea, el cardiólogo Dariush Mozaffarian, director del Instituto Food Is Medicine de la Universidad de Tufts, sostiene que las grasas lácteas no son intrínsecamente perjudiciales y que existe “amplia evidencia” de los beneficios de los lácteos fermentados. Por su parte, el yogur natural y kéfir aportan saciedad, favorecen la salud intestinal y ayudan a evitar el consumo posterior de calorías vacías.
La conclusión para el consumidor empieza a ser clara: el miedo no debería estar en la grasa natural, sino en el procesamiento artificial. Las nuevas directrices dietéticas en Estados Unidos ya reflejan este cambio de paradigma al insistir, por primera vez de forma explícita, en la necesidad de priorizar alimentos reales y evitar los ultraprocesados cargados de azúcares, sodio y aditivos.

Esto no significa que los lácteos enteros deban consumirse sin límite ni que sean adecuados para todos los perfiles. Instituciones como Harvard recuerdan que la grasa láctea sigue siendo mayoritariamente saturada y que la moderación continúa siendo clave, especialmente en personas con enfermedad cardiovascular o hipercolesterolemia familiar. Pero fuera de esos contextos clínicos, como resume la doctora Prados Pérez, el yogur natural entero vuelve a tener sentido: sacia más, conserva su matriz original y requiere menos intervenciones industriales


