A sus casi 80 años, Lula da Silva parece no estar dispuesto a soltar el control del relato ni del poder. Lejos de preparar una transición, el líder del PT se encamina hacia un cuarto mandato que desafía no solo la alternancia democrática, sino también la promesa de renovación que alguna vez lo convirtió en símbolo de esperanza. Hoy, en lugar de apostar por nuevos liderazgos, apuesta por consolidar su figura como único garante de la “normalidad” institucional.
Esta estrategia se sostiene en una delicada alianza con las élites financieras y mediáticas, que alguna vez lo combatieron, pero que ahora lo prefieren frente al caos bolsonarista. Lula no gobierna contra el mercado: gobierna con él. La reciente suba tarifaria en servicios básicos—llamada con razón “tarifazo” por algunos sectores—es parte de ese giro hacia una gobernabilidad pensada para agradar a los centros de poder económico.

En política exterior, su relación pragmática con Trump, ahora nuevamente en la Casa Blanca, revela un Lula menos ideológico y más funcional a los equilibrios globales. Del mismo modo, ha tomado distancia del régimen de Maduro, en un gesto más simbólico que sustancial, para evitar que lo asocien con la deriva autoritaria venezolana.

Puertas adentro, la condena a Bolsonaro y la persecución a figuras de la ultraderecha abren un debate incómodo: ¿justicia o revancha? La represión de manifestaciones opositoras y el vacío de sucesión dentro del PT solo profundizan la idea de un poder personalista que se cierra sobre sí mismo.
Lula, que alguna vez prometió democratizar Brasil, parece ahora decidido a preservarse a sí mismo como legado. Pero el poder sin límites tiende a convertirse en su propia forma de fragilidad.

