Con este panorama, Guatemala debería preguntarse con franqueza: si México enfrenta sobrecostos, baja demanda y daños ambientales con su tren, ¿por qué replicar el mismo molde? No se trata de renunciar a la infraestructura ni de negar la urgencia de conectar territorios. Se trata de evitar el isomorfismo acrítico: copiar “lo emblemático” sin evaluar si resuelve nuestros problemas específicos.
La verdadera modernidad no es subirse a la moda de los megaproyectos, es priorizar lo que funciona. Si de trenes se hablará, que sea porque los números dan, el ambiente se cuida y la gente se beneficia, no porque el discurso lo impone. Esa es la diferencia entre hacer obra pública y hacer política con obra. Y ahí está el reto para Guatemala: elegir evidencia antes que épica.


