
Antes del amanecer del 2 de agosto de 1954, una parte de la compañía de caballeros cadetes de la Escuela Politécnica se levantó en armas contra el auto proclamado “ejército de liberación”, una fuerza mercenaria organizada y financiada por el Departamento de Estado, que invadió Guatemala a principios de julio de ese año, con el propósito de derrocar al presidente Juan Jacobo Árbenz Guzmán, cuyo gobierno mostraba una fuerte inclinación marxista.
Al poco tiempo de iniciarse la invasión desde Honduras, Árbenz renunció a la presidencia sin oponer la más mínima resistencia a la invasión, pronunciando un lastimero discurso, para inmediatamente después asilarse en la embajada de México.
A partir de entonces, los cadetes de la Escuela Politécnica fueron objeto de graves faltas de respeto por parte de los miembros de la fuerza mercenaria invasora tanto en actos públicos, como durante sus descansos en los que encontraban a los cadetes en la calle, solos o en grupos reducidos.
Lo anterior llegó a un punto tal, que colmó la paciencia de los cadetes, que tomaron la decisión de levantarse en armas durante las primeras horas del 2 de agosto para atacar por total sorpresa a los liberacionistas, que permanecían acantonados en el interior del aún no estrenado hospital Roosevelt, debido a la gran cantidad de personal que contaba en sus filas.
Ciento cinco cadetes se dirigieron hacia el Roosevelt al amparo de la noche, contando los mayores con 18 años de edad, y con 14 los más jóvenes. Ningún oficial los acompañaba.
Los comandaba el cadete René Santizo, sargento de la compañía, de 18 años de edad.
El factor sorpresa y la calidad de su entrenamiento fue crucial para derrotar a los cerca de mil miembros del ejército invasor, habiendo iniciado el fuego a las cinco de la mañana, logrando la rendición del enemigo a las seis y media de la tarde, después de haber perdido la vida cuatro cadetes, entre ellos el abanderado de la Escuela Politécnica, y un miembro del personal de tropa de la escuela, que los apoyaba.
Los autoproclamados liberacionistas, cuyas bajas fueron tantas que los cadáveres tuvieron que ser cargados en sendos camiones, fueron obligados a marchar con los brazos en alto por la avenida Bolívar hasta la estación central del ferrocarril, que los transportó al oriente del país para desaparecer con la rapidez con que aparecieron apenas un mes antes.

Para llegar a este punto, hubo una serie de eventos muy importantes ajenos al combate, como la mediación del arzobispo metropolitano Rossell y Arellano entre el presidente Carlos Castillo Armas y los cadetes, quienes exigieron que no fueran tomadas represalias en su contra, promesa que Castillo Armas no cumplió, ante lo que el arzobispo alegó días después padecer de amnesia.
Los cadetes lograron su propósito de acabar con su enemigo, que los superaba diez veces en número, y limpiaron así el honor de su alma mater, único motivo del levantamiento.
Es importante señalar que para ese 2 de Agosto de 1954, Jacobo Árbenz todavía se encontraba en Guatemala asilado en la embajada de México, y fue testigo mediante las noticias que transmitía en vivo la radio, de cómo un grupo de adolescentes hicieron lo que él no tuvo el valor de hacer, cuando ante la invasión corrió a asilarse en una legación diplomática, en vez de ponerse al frente del ejército del que era comandante general, para combatir contra quienes estaban violando la soberanía del país del que él era presidente.
Ni él tuvo el carácter para dar orden alguna al ejército, ni los ancestros históricos de quienes hoy apoyan o integran el gobierno más inútil de la era democrática, tuvieron los arrestos para hacer lo que sí hizo un puñado de jóvenes futuros oficiales, algunos de los cuales llevarían sobre sus hombros la responsabilidad de dirigir a su ejército décadas después, durante la época más álgida del enfrentamiento armado interno, del que también salieron victoriosos.
La FCT les rinde honores en su día a esos jóvenes héroes.

Ricardo Méndez Ruiz V.

