Lo que Washington quiere y lo que Guatemala necesita, Opinión de Edgar Wellmann

La cooperación entre Guatemala y Estados Unidos tiene un nombre oficial: alianza estratégica. Tiene también cuatro agendas distintas. Y no siempre apuntan en la misma dirección.

Entre 2024 y 2026, Guatemala consolidó su posición como socio de Washington en seguridad regional. Operaciones conjuntas contra el narcotráfico, compromisos en materia de narcoterrorismo, control de flujos migratorios, despliegue en la frontera con México. El lenguaje bilateral es de asociación. El contenido es más complejo.

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Lo que se declara y lo que se prioriza no siempre coinciden.

Los pilares oficiales son tres: seguridad y lucha contra el narcotráfico, gestión de la migración irregular y comercio e inversión. Detrás operan cuatro agendas que rara vez se nombran juntas: combate al crimen organizado, control de flujos migratorios hacia la frontera sur de EE.UU., protección selectiva de remesas y defensa de intereses de seguridad fronteriza estadounidense.

El problema no es que esas agendas sean ilegítimas. Es que no son la misma agenda que Guatemala necesita para alterar la configuración de poder que sostiene su crisis de seguridad. Cuando los intereses de Washington pesan más que las reformas estructurales internas, la cooperación produce resultados tácticos sin transformación estratégica.

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El giro más visible del período es la adopción del lenguaje de narcoterrorismo. En marzo de 2026, Guatemala participó en la conferencia “Américas contra los carteles” donde Estados Unidos impulsó acciones coordinadas y, en caso necesario, unilaterales. El Ministerio de Defensa guatemalteco presentó la Operación Cinturón de Fuego como despliegue estratégico de vigilancia y control territorial en la frontera con México.

Ese marco tiene valor operativo. También tiene un riesgo que el entusiasmo bilateral tiende a minimizar: el lenguaje de narcoterrorismo amplía el repertorio de herramientas disponibles, pero no las dirige automáticamente hacia los nodos donde el sistema guatemalteco es más vulnerable. Una operación fronteriza exitosa puede reducir el tráfico visible sin alterar la economía política interna que lo sostiene.

La métrica de éxito importa tanto como la operación.

Washington, D.C. | History, Map, Neighborhoods, Population, & Facts |  Britannica

La agenda migratoria es donde los intereses divergen con más claridad.

Washington necesita mostrar resultados en la reducción de flujos migratorios irregulares hacia su frontera sur. Guatemala necesita condiciones que reduzcan las causas que empujan a la migración: inseguridad, extorsión, ausencia de oportunidades. La primera necesidad se satisface con controles fronterizos, acuerdos de deportación y desarticulación de redes de tráfico. La segunda requiere exactamente las reformas estructurales que los artículos anteriores han descrito como bloqueadas.

La cooperación en migración puede producir resultados medibles para Washington sin alterar nada de lo que produce la migración desde Guatemala. Ese desajuste no es un error de coordinación. Es la lógica de dos agendas que coinciden en el síntoma pero no en la causa.

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El tercer eje es el de las remesas. La propuesta de aplicar un impuesto a envíos en efectivo desde Estados Unidos —en discusión desde 2025 y parcialmente implementada en 2026— instaló un debate que se concentró en la magnitud macroeconómica. La pregunta más relevante es otra: qué señal envía esa medida sobre la jerarquía de prioridades de Washington.

Una política que reduce el flujo de ingresos hacia familias guatemaltecas vulnerables, sin condicionarlo a mejoras verificables en la seguridad que esas familias enfrentan, no es política de alianza para el desarrollo. Es política de control de costos para el sistema financiero estadounidense que se traslada al eslabón más débil de la cadena. Que ocurra simultáneamente con declaraciones de asociación estratégica no es hipocresía. Es la descripción exacta de cómo funciona la cooperación asimétrica.

Hoy la cooperación está consolidando la continuidad híbrida.

No porque Washington haya decidido explícitamente que ese es el orden que prefiere para Guatemala. Sino porque las decisiones concretas de cooperación —qué se financia, qué se exige a cambio, qué instituciones se fortalecen y cuáles se omiten— producen ese resultado con independencia de lo que digan los comunicados.

Financiar capacitación del Ministerio Público sin exigir resultados verificables en la cadena de persecución financiera no es cooperación en seguridad. Es financiamiento del statu quo con otro nombre. Dirigir recursos a operaciones fronterizas sin condicionarlos a intervención en los nodos penitenciarios que sostienen la extorsión no reduce la inseguridad guatemalteca. Reduce la visibilidad del problema para Washington.

La pregunta que la cooperación debería hacerse, y no se está haciendo con suficiente honestidad, es esta: ¿qué tipo de Estado guatemalteco sirve mejor a los intereses de largo plazo de Estados Unidos? ¿Un Estado con instituciones funcionales y capacidad real de seguridad, o un Estado lo suficientemente estable para gestionar flujos pero lo suficientemente débil para no generar fricción en la relación bilateral?

La cooperación ya eligió un tipo de Estado.

Y no es el que Guatemala necesita.

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Opinión de Edgar Wellmann

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