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Antiguajierwecom, columna de Opinión de Alfred Kaltschmitt

Sí. Antigua es un patrimonio invaluable. Por metro cuadrado hay más restaurantes, tiendas, hostales, cafés y bares, gastronomía, baile, arte, música, conciertos, joyas arquitectónicas, que en todas las ciudades juntas de Guatemala.

Es un deleite caminar en las noches solitarias por sus empedradas calles. Y en soleados días, pasear por el parque oliendo a elote medio tostado; y oír el trac trac de los lustradores arrodillados en las bancas de los dichosos que, con mirada perdida, dejan que los zapatos reflejen en su brillo los cielos azules de la ciudad. Una ciudad con historias coloniales, capital del antiguo Reino de Guatemala que gobernaba toda Centroamérica, incluyendo a Belice; declarada por la Unesco patrimonio cultural de la humanidad.

Back to reality, 2022 DC. Ahora, ingresar los fines de semana a la Antigua es una aventura neurótica. Miles de carros saturan las calles. El estrés empieza desde el principio de las colas; y, en poco tiempo, comenzamos a sentir ese neandertal que todos llevamos escondido en nuestros genes pretéritos, al elevarse la tensión, porque el vehículo avanza a “cuenta piedras” del empedrado.

Y, entonces, no hay práctica psicológica, mantra, rezo o melodía musical que calme esa tendencia de renegar cada tres metros, porque uno de los tantos neurasténicos —a sabiendas de que no debe— planta su carro justo en medio de la calle, deteniendo todo el tráfico. O se atraviesa una moto; o casi atropellas a un transeúnte que surge de improviso entre el caos. ¡Cada cuadra, un desaliento absoluto! Buscando, como oasis en el desierto, un lugar disponible en donde estacionar tu auto. Vueltas y más vueltas… Y nada…

A lo lejos, algunos hombres y mujeres jóvenes, vistiendo trajes de gala, caminando hacia la iglesia donde se llevará a cabo una de las docenas de bodas que cada fin de semana se celebran allí.

La Antigua tiene remedio. Existen las posibilidades de reencauzarla, protegiendo su patrimonio y al mismo tiempo solucionando las causas de su grave padecimiento.

Lo que no existe es voluntad política. Conglomerado de ciudadanos; movimientos de cabildeo; para presionar a las políticas municipales a detener su deterioro y su grave agonía, por exceder su manejo de carga vehicular; humana, construcciones; y unos largos etcéteras que están tan altos como las faldas del volcán, lentamente llenándose de cemento armado y tejas falsas.

La mayoría de los ciudadanos pensantes de Antigua tienen un diagnóstico exacto de la problemática que enfrenta su ciudad, en términos de seguridad, tráfico y conservación. Tienen las soluciones y hasta un plan de largo plazo. Sin embargo, están cautivos por el sistema político que cada cuatro años elige a un inepto demagogo, con un apetito voraz por el chanchullo y la corruptela.

El problema es el sistema. El 85 por ciento de los votos para elegir alcalde sale de las aldeas circunvecinas. El minúsculo porcentaje restante proviene de los verdaderos habitantes de la ciudad. Y en cada elección pierden frente a este dilema. Y así… sucesivamente, en un círculo cuasi-maldito.

La única manera de solucionar el problema es independizar a la Antigua, tanto política, como municipalmente. Se le debe desvincular como cabecera departamental; y aprovechando el status de Patrimonio Cultural de la Humanidad, crearle un status político independiente que le permita gestionar su propio desarrollo, tan complejo y variado, como la vulnerabilidad de la conservación que su patrimonio cultural demanda.

Por fin pude estacionarme… En un hotel con parqueo subterráneo…

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