Home OPINION Armagedón, columna de opinión por J. Fernando García Molina

Armagedón, columna de opinión por J. Fernando García Molina

La población del mundo, principalmente la europea, ve con gran temor la posibilidad de un desenlace nuclear. Ante tal evento, dice Krupnik, el primero que dispare será el segundo en morir.

Putin hizo un cálculo político equivocado creyendo que el gobierno de Zelenski era frágil, que se iba a desplomar pronto y que Rusia obtendría una victoria rápida y fácil. Se equivocó. EU ya esperaba la invasión y se aprestó a apoyar al gobierno de Ucrania. Después todo fue creciendo hasta ahora, fines de octubre, cuando se teme estar frente al fin del mundo, lo que la literatura refiere como Armagedón.

La prolongación y escalada de la guerra descansa sobre el apoyo de EU a Ucrania, con armamento, inteligencia militar y dinero. Además, EU presionó a los gobiernos del mundo, principalmente de los países europeos para hacer lo mismo. Más importante aún es la campaña publicitaria, tan intensa como exitosa, desarrollada para convencer que Rusia es el malo y los demás somos los buenos. El reparto otorga a Zelenski el papel de héroe de la humanidad y a Putin el de villano.

En los años 60 a 80s, las películas del Oeste (la guerra en Arizona) daban a los apaches el papel de “malos” y a los soldados el de “buenos”. En la guerra contra México, los mexicanos eran los malos. En la guerra contra Corea, los coreanos. Y así… Los historiadores, por fortuna, han demostrado que en las guerras es una tontería hablar de buenos y malos.

Hoy, en la fantasía internacional, los soldados ucranianos son los buenos, los patriotas que luchan por la libertad. Por su parte, los soldados rusos son los malos, ellos forman parte de un ejército invasor dirigido por un sociópata, archi enemigo de la humanidad y del mundo libre.

Otros pensamos que en una guerra no hay buenos, hay hombres que mueren y, como dijo Borges, lo peor, es que a veces matan. La guerra es la negación del progreso de la humanidad, el retorno a lo más primitivo. También hay víctimas: los padres y abuelos, así como los hijos de quienes pierden la vida o terminan mutilados. Y la población civil que ve destruida su propiedad, su medio para subsistir.

Se dice que todos los países están involucrados en la guerra. No creo que sea verdad. En febrero, cuando inició la invasión, emisarios de EU persuadieron a muchos gobiernos para lanzar una enérgica condena contra Putin. Tuvieron un éxito fácil. Hicieron que la ONU convocara a una Asamblea General en la cual los representantes de 141 países votaron a favor, 5 en contra y 35 se abstuvieron.

La invasión empezó el 24 de febrero y la votación sucedió el 2 de marzo. En solo seis días no hubo tiempo para un discernimiento objetivo. Aquella fue, necesariamente, una resolución emocional. Cuando el representante ruso debía hablar, los delegados vaciaron la sala. Habría que preguntar a Giammattei sobre las presiones de EU para que él fuera a Kiev a mostrar solidaridad con Ucrania.

Tampoco hubo mucha deliberación ni análisis al establecer sanciones contra Rusia, que fueron inmediatas. El 25 de febrero, un día después de la invasión, Europa, Japón, Australia, Nueva Zelandia y Taiwán imponían sanciones que afectan al sector financiero, energético y de transportes ruso. El efecto inmediato fue tremendo: el rublo cayó 7% y la bolsa perdió 33%, pero ambos indicadores se recuperaron. Dos días después EU y UK se unieron a las sanciones.

La masiva condena de la ONU allanó el camino para que el gobierno de EU liderara las sanciones a Rusia. Considero insolente y arrogante que un gobierno imponga sanciones a otro. Esa altanería ya había sido exhibida antes, muchas veces, por EU. Esta vez, quizá lo más grave fue que lo hizo en nombre de la Unión Europea dejando en entredicho la autonomía de esos países. Muchos ciudadanos europeos debieron resentir tal sometimiento.

Se puede jugar, como en los cómics de los años 50 y 60, a buenos y malos; se puede crear súper héroes y archi enemigos. Pero debe haber un límite. La amenaza nuclear debe estar lejos de esa frontera. Hasta allí no se debería llegar jamás. Putin ha rebasado ese umbral. Sin ser explícito al principio, pero cada vez más abiertamente, al advertir que podría usar armas nucleares. Pero no solo él. Úrsula von der Leyen, la agresiva presidente de la Comisión Europea, Scholz, Macron, Zelenski, Johnson y con mayor énfasis Biden, han amenazado con utilizar ese armamento.

Un modelo desarrollado en la Universidad de Princeton concluye que, de suceder un conflicto nuclear, en pocas horas habría 34 millones de muertos y más de 57 millones de heridos. Estas cifras aumentarían significativamente en el largo plazo, por efecto de la radiación.

Me impresiona el alto nivel de confianza que tienen, la prensa y los ciudadanos europeos en sus autoridades. Supongo que hay buenas razones para ello, ya que son el resultado de un proceso democrático auténtico, uno que nosotros desconocemos. Aun así, es evidente que actuaron con irresponsabilidad, que tomaron decisiones a la ligera, que no analizaron sus consecuencias. Se dejaron influir por EU y con imprudencia, pusieron en riesgo a todo un continente. Quizá a la entera humanidad. Que ellos hayan comprado la versión de los buenos y los malos debe causar honda preocupación.

Tanto Ucrania como Rusia pueden ganar batallas, pero no la guerra. Expertos en el tema aseguran que el fin de la guerra no se puede alcanzar por medios militares. Jens Stoltenberg, ex Primer Ministro de Noruega y actual Secretario General de la OTAN afirmó: Esta, se ha convertido en una guerra de desgaste que sólo puede acabar en una mesa de negociación en la cual, probablemente, Ucrania tendría que ceder algo.

Pero la mesa de negociaciones está lejos. EU-Zelenski en una posición intransigente rehúsan negociar con Putin, sugiriendo que solo lo harán con quien le suceda. Así que las acciones militares serán cada vez más graves. Temo por los ucranianos, quienes enfrentarán el frío del final del otoño y un invierno con temperaturas bajo cero.

No solo los ucranianos, todos los países que tienen costa sobre el Mar del Norte y el Mar Báltico, van a sufrir frío intenso, racionamiento eléctrico, precios altos, falta de cereales, carnes, leche, huevos… todo junto. Los más ricos podrán pagar precios más altos o irse a países cálidos. Pero esa inmensa burguesía europea, que fuera la más rica y próspera del mundo, habrá de sobrevivir bajo condiciones tremendas. Los abuelos de sus abuelos lo hicieron antes, pero los de hoy, los más jóvenes tienen la vulnerabilidad que da una vida de confort.

Creo que la solución no llegará por negociaciones y también creo, más bien espero, que no se llegue al Armagedón nuclear. Pienso que algún país europeo dirá: ¡Basta! Exigirá a su gobierno levantar la prohibición de importar combustible ruso. Pensará, como yo, que las sanciones no funcionaron (hay evidencia es contundente), que solo causaron que el castigo no fuera para el castigado sino para el castigador.

Pienso que a ese país se le unirá muy pronto todos o casi todos los demás. La sensatez estará de vuelta. La autoridad de EU sufrirá menoscabo, pero a nadie importará. Quizá también, pronto, la muerte, el dolor y otras consecuencias de la guerra cesen para los ucranianos.

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