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El mito de la revolución del 20 de octubre, columna de Opinión de Luis Enrique Pérez

El presidente Jorge Ubico Castañeda renunció el 1 de julio del año 1944. El motivo, dijo él, fue la “intranquilidad pública” que provocaban quienes no aprobaban su gobierno. La finalidad, dijo él, fue que “la paz y el orden reinen en todo el país”. Fue sustituido por un triunvirato integrado por los militares Eduardo Villagrán Ariza, Buenaventura Pineda y Juan Federico Ponce Vaides; y ese triunvirato fue sustituido por un presidente que la asamblea legislativa designó. El designado fue Ponce Vaides. Gobernó a partir del 3 de julio de aquel mismo año.

El 11 de julio Ponce Vaides convocó a elección presidencial. Él mismo fue candidato; y atacó, amenazó o eliminó a sus enemigos o a sus adversarios políticos, incluidos aquellos que eran sus contendientes en el proceso electoral. Pronto fue objeto de creciente repudio. En la misma fuerza armada militar surgió una facción adversa a él.  El 18 de octubre hubo una protesta pública que parecía ser el preludio de un impredecible conflicto violento entre gobernante arrogante y gobernados subyugados.

El 20 de octubre acontecieron tres sucesos históricamente relevantes. Primero, la facción militar adversa se rebeló. Segundo, la rebelión fue exitosa: Ponce Vaides fue obligado a renunciar. Y tercero, un triunvirato constituido por el ciudadano civil Jorge Toriello Garrido y los ciudadanos militares Francisco Javier Arana Castro y Jacobo Árbenz Guzmán, sustituyó a Ponce Vaides.

Esos sucesos, aunque hayan sido históricamente relevantes, no constituyeron una revolución política. Efectivamente, una revolución de ese género no consiste meramente en una rebelión contra un gobernante despótico, y en derribarlo y sustituirlo. Consiste en una rápida transformación generalmente violenta del régimen de gobierno de una sociedad.

Precisamente en aquel 20 de octubre no hubo tal transformación, esencial en una revolución, sino hubo una iniciación de un proceso de reforma. El triunvirato que sustituyó a Ponce Vaides se denominó él mismo Junta Revolucionaria de Gobierno. Empero, debió denominarse Junta Reformatoria de Gobierno.

El 25 de octubre la Junta Revolucionaria de Gobierno disolvió la asamblea legislativa; convocó a los “pueblos de la república” a elegir una nueva asamblea legislativa, y derogó la Constitución Política. Esa disolución, esa convocación y esa derogación tampoco fueron una revolución. Fueron el inicio de una reforma. El 28 de noviembre el triunvirato decretó diez “principios fundamentales de la revolución del veinte de octubre”. Eran principios de una reforma. El 11 de marzo del año 1945 fue decretada una nueva Constitución Política, que no revolucionaba, sino que reformaba, el régimen de gobierno.

Opino que el 20 de octubre del año 1944 no hubo una revolución; pero también opino que los sucesos que acontecieron en esa fecha no fueron obra de una grandiosa, fraternal y gloriosa unidad del pueblo y de la facción de militares rebeldes. Fueron obra de esa facción. Ciudadanos civiles cooperaron con esa exitosa facción, y algunos fueron importantes, como Toriello Garrido; pero no constituyeron un poderoso y temible movimiento popular. No eran necesarios, aunque podían ser aprovechados para provocar la apariencia políticamente conveniente de que en la acción militar rebelde subyacía un sacro mandato popular.

Y entonces nunca, desde valles y montañas, aldeas y pueblos, ranchos rurales y rincones urbanos, y pequeñas y grandes ciudades, surgieron inmensas y belígeras legiones civiles que, acompañadas por batallones de iracundos soldados rebeldes, marcharon en veredas y caminos, y en calles y avenidas, para derribar la dictadura y consumar una redentora revolución.

En diciembre del año 1944 Juan José Arévalo Bermejo fue electo Presidente de la República. Gobernó desde el 15 de marzo del año 1945 hasta el 15 de marzo del año 1951. No fue el primer presidente de una revolución. Fue el primero de la reforma que se inició el 20 de octubre del año 1944.

El sucesor de Arévalo Bermejo fue Jacobo Árbenz Guzmán. Gobernó desde el 15 de marzo del año 1951. No fue el segundo presidente de la revolución. Fue el segundo de aquella misma reforma; pero agregó la pretensión de instaurar un régimen comunista. Arévalo Bermejo había intentado someterse al régimen de legalidad. Árbenz Guzmán no tuvo esa intención, y creó su propio régimen de arbitrariedad, propicio para la persecución, la prisión, la tortura y el asesinato de adversarios políticos. Finalmente suscitó un creciente repudio popular, quizá mayor que aquel que había suscitado Ponce Vaides.

En el extranjero, un grupo de guatemaltecos se constituyó en ejército cuyo propósito era el derribamiento de Árbenz Guzmán. El 18 de junio del año 1954 ese grupo ingresó a Guatemala desde Honduras; y se preparó para un intrépido ataque. El 27 de junio, de manera impredecible, Árbenz Guzmán, que disponía de un ejército para defenderse, renunció. Con su renuncia no se interrumpió una revolución. Se interrumpió un proceso de instauración de un régimen comunista. No se extinguió una florida primavera. Se extinguió un ominoso otoño.

Post scriptum. Solamente he pretendido afirmar que los sucesos que acontecieron el 20 de octubre del año 1944 no constituyeron una revolución política. No he pretendido juzgar que esos sucesos y el proceso de reforma que con ellos se inició, fueron o no fueron parcial o totalmente benéficos. Empero, por excepción, juzgo en dos casos. Primero, fue benéfico derribar a un dictador que no podía ser destituido mediante un procedimiento legal. Segundo, fue benéfico brindar una mayor libertad de organización política y participación electoral de los ciudadanos, y de expresión pública de la opinión del ciudadano.

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