Home OPINION Los empresarios (primera parte), columna de opinión por J. Fernando García Molina

Los empresarios (primera parte), columna de opinión por J. Fernando García Molina

Quiero compartir con los lectores de Teorema, mi personal visión sobre los empresarios, misma que podría diferir de la que existe en diccionarios y enciclopedias. Ojalá esta concepción y la suya sean parecidas, o que al menos vayan en la misma dirección. No trato de generar un nuevo concepto, la intento proponer para desarrollar este artículo ya que así será más fácil explicar a lo que me refiero.

Un empresario es una persona dispuesta a trabajar por cuenta propia, invirtiendo capital u otros recursos que posea, contrayendo deudas y aceptando el riesgo de perder tales inversiones. Busca obtener ganancias, su fin último es aumentar su patrimonio y vivir mejor él, su familia y de ser posible, también sus descendientes.

Dentro de esa definición caben empresarios pequeños (los que inician con poco capital) y empresarios muy grandes. Algunos tienen niveles académicos muy altos y otros son iletrados. No importa el sexo, la edad o su origen étnico. La diversidad es enorme. Pero les unifica, en mi concepto, una actitud muy fuerte para servir con honradez a sus consumidores. Se trata de cierta percepción de que la falsedad, el engaño, la mentira, si bien les pueden dar frutos inmediatos, a mediano plazo les harán fracasar. Evidencia: las empresas longevas son aquellas que mejor sirvieron a sus consumidores o usuarios. Las tiendas en los mercados municipales que perduran son las que llevan años trabajando con rectitud.

Así como hay militares narcotraficantes, maestros que no enseñan u obispos pederastas, también hay tenderos que no dan el peso exacto, gasolineros que “arreglan” las bombas, lecheros que ponen agua a la leche y un larguísimo etcétera. En esta conceptualización, los últimos no son empresarios. Son ladrones, malhechores, estafadores y todo tipo de delincuentes. No todos los obispos son pederastas ni todos los militares son narcotraficantes. De igual manera, la gran mayoría de tenderos, lecheros, gasolineros y demás empresarios, sirven a sus clientes con honradez.

La legislación nacional criminaliza la estafa y el robo con sentencias que incluyen prisión. Pero por encima de la legislación ordinaria, hay una ley dura en manos de jueces implacables que actúa sobre los empresarios: los consumidores deciden constantemente sobre las empresas que merecen ser premiadas, cuáles solo deben subsistir y cuáles deben ser cerradas.

Si un consumidor se entera o sospecha que ha sido robado o estafado en determinado establecimiento, deja de comprar allí. Cuando se queja ante el gerente o el propietario le hace un gran favor, ya que la culpa podría no ser de él, sino del proveedor o de quien fabrica el producto cuestionado. Después de investigar la veracidad de la queja, el empresario dejará de comprar a ese surtidor, el o los productos de este fabricante. Cuando un establecimiento hace trampa, no es uno sino muchos clientes suyos quienes se sienten estafados y lo comentan con otros. Si además media una denuncia pública, judicial o mediática, el cierre es inminente.

Si bien, los principios morales del tendero entran en juego, lo que priva en la decisión es su propio beneficio. Él sabe que su reputación, si se llega a dañar, le causará pérdidas que podrían llevarlo a la ruina. Ese diario escrutinio lo practican miles de consumidores en todos los establecimientos. Lamentablemente, el número de establecimientos que llegan a cumplir cinco o diez años es solo una pequeña parte de los que se abren.

Desde luego, hay otras razones por las cuales las empresas cierran. El envejecimiento o enfermedad de los propietarios, la venta, hijos que dilapidan… muchas otras razones.

En Guatemala, el espíritu empresarial parece ser mayor que en otros países. En el norte de Europa, el crecimiento del número de empresas se reduce a los Estados y a grandes corporaciones. En Noruega, por ejemplo, los empleados públicos representan 30.7% del empleo total (en Suecia 28.7%, en Dinamarca 27.8%, en Finlandia 24.1% y así…). En Guatemala, la cifra correspondiente no llega a 10% (al incluir a los gobiernos municipales). Algunos pensamos que esa proporción sigue siendo demasiado alta.

En Guatemala predomina el llamado “empleo informal”. Básicamente se trata de pequeños empresarios que trabajan individualmente o con muy pocos trabajadores, generalmente esposa, hijos o hermanos. El Estado los ve como un problema porque piensa, equivocadamente, que su tributación es menor que la de los “formales”. Empero son ellos quienes producen, transportan y comercian la mayor parte de los productos que consumimos diariamente.

Veo un poderoso torrente empresarial en los ciudadanos indígenas. La migración podría ser una variante de tal empresarialidad: La inversión para llegar a EU es cuantiosa (unos US $10 mil o más). Atravesar México conlleva riesgos enormes, incluso mortales. Cuando la persona es detenida y deportada, la empresa ha fracasado y sobreviene la quiebra. Algún día, espero, los migrantes encontrarán que invertir tan altas cifras en Guatemala también puede ser redituable. Hay ejemplos que así lo señalan.

Sé de un caso, que seguramente se repite muchas veces. Un hombre joven reunió un monto muy modesto de dinero con el que compró las “terceras” de zapatos que venían dentro de una paca. Puso los zapatos dentro de una sábana, la extendió cerca del mercado de una pequeña ciudad del interior y los vendió obteniendo una ganancia. Ese día había nacido un empresario. Repitió la misma operación muchas veces hasta crear un pequeño capital. Hoy posee tres tiendas donde vende ropa, zapatos y productos diversos que vienen en las pacas que él compra. Ahora él vende sus “terceras” a otros.

Dentro de la población guatemalteca, los propietarios o accionistas de corporaciones grandes constituyen un grupo reducido de personas. En otros países, el número de pequeños accionistas es grande, aquí no. Allí, los trabajadores son dueños (accionistas) de las empresas donde trabajan o de otras. Quizá nuestros migrantes aprendan a invertir en acciones en EU y después creen una demanda por esos títulos en Guatemala. Algunas empresas podrían ofrecer sus acciones al público y crear un mercado accionario cuyos beneficios hoy son insospechados. Habrá que recordar que el monto de las remesas durante unos pocos años, supera el valor en libros de las cien principales empresas nacionales.

Creo que los empresarios actúan con honradez extrema ante sus consumidores. Nada les puede causar más temor que perder la confianza de éstos. En los bancos ese fenómeno es más evidente que en otras actividades. Ellos saben que basta un rumor para que los depositantes retiren sus fondos y ante una “corrida bancaria” el banco enfrente peligro de quiebra. Ante una noticia de “marea roja” los vendedores en los mercados dejan de ofrecer los frutos del mar. Ellos están protegiendo su prestigio, sus ventas futuras, su permanencia… Las autoridades sanitarias llegan cuando ya no hay peces, moluscos o crustáceos en los mercados.

Los empresarios, grandes o pequeños, académicos o iletrados, saben que recuperar un mercado es un trabajo arduo, prolongado y de resultado incierto.

J. Fernando García Molina

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