Home OPINION El Fundador, columna de Opinion de Jose Fernando Garcia Molina

El Fundador, columna de Opinion de Jose Fernando Garcia Molina

Esta semana vimos, con mi esposa, “The Lorenskog Disappearance”, serie de Netflix cuya trama se desarrolla en Noruega. Trata el secuestro de la esposa de Tom Hagen, un multimillonario noruego y el uso corrupto de informes policiales en un país que se precia de tener autoridades de policía intachables.

Al llegar al minuto 33 del segundo episodio un diálogo me impresionó. Coincidí plenamente con su contenido, que encontré, en cierta forma, original. Me gustó tanto, que lo copié y modifiqué un poco para ofrecerlo a los lectores de este artículo.

Los empresarios, como Tom Hagen, son hombres callados, educados, corteses, formados a la antigua, conservadores en sus tradiciones, austeros, ahorradores, puntuales, respetuosos del honor y la palabra empeñada, a la vez que duros y exigentes con sus trabajadores y en sus relaciones de negocios. Conservan sus carros varios años. Viven en casas cómodas pero construidas hace mucho tiempo. No son gente de pent-house.

Contrastan con los nuevos ricos, que son ostentosos, tienen menos, pero buscan hacer creer que tienen más. Son narcisistas que cambian de automóvil cada año y compran los modelos de mayor lujo. No les interesa la tecnología o la comodidad de sus autos ni lo adecuado de sus computadoras o celulares. Lo que quieren es lucirlos y expresar con un Rolex o una Mont Blanc, su éxito económico. Son pobres seres ricos, superficiales e ignorantes, pomposos y vacíos.

El empresario que fundó o hizo crecer la empresa, y su familia, recuerda al viejo país que logró transformar en lo que hoy tenemos. Su esfuerzo y ahorro está detrás de los modernos edificios y centros comerciales. Su contribución al fisco ayudó a costear parques, plazas, pasos a desnivel y toda la obra municipal. Las escuelas, hospitales, puestos de salud, puertos, aeropuertos, carreteras y caminos de penetración fueron edificados con impuestos pagados por todos, pero provienen, en parte, de los puestos de trabajo que ellos crearon.

Al terminar su larga jornada laboral, recibía los diarios de la tarde que leía con interés. La vida familiar se desarrollaba durante la cena que la madre había dirigido, reservando para sí la preparación de platillos especiales. Se iba al mercado todos los días. Ella participaba en alguna organización de caridad, hacía arreglos florales y recibía a sus amigas para conversar mientras hacían crochet.

La madre, en esa época que ya pasó, mantenía la unión familiar. Es la madre que extrañamos y desearíamos tener de nuevo con nosotros, alegre, decente, sociable y cariñosa. La que preparaba pasteles, mermeladas y asistía a las reuniones familiares. La que, feliz, cuidaba de sus nietos, cuando se los llevaban una tarde o de temporada.

En la familia numerosa del empresario, extendida hacia primos, tíos, hijos y nietos, había un militar, una monja y un sacerdote; a veces más de uno. En las grandes celebraciones participaban todos. Los fines de semana iban al campo, visitaban al pariente que vivía en una finca. Hablaban sobre temas familiares, política, viajes y proyectos futuros.

¿Acaso no es de ese entonces de dónde venimos? ¿No es aquella forma de vida la que admiramos todos? ¡Claro que querríamos ser como ellos! ¿Cómo es entonces que tengamos una actitud de recelo hacia quienes tanto debemos? ¿Por qué estamos dispuestos a hablar mal de ellos a sus espaldas, criticarlos en nuestras reuniones sociales, a ofenderlos y causar daño, a ellos, a su prestigio o a su propiedad?

Quizá la razón por la que tenemos resentimiento hacia ellos es porque en este país odiamos a los ricos. Ese es un odio absurdo porque somos uno de los países más ricos del orbe. Sin embargo, no soportamos a nuestros ricos y olvidamos que personas como Tom Hagen son los modelos para seguir.

Él construyó este país. Deberíamos honrar a todos nuestros Tom Hagen y por el contrario lo vemos como un maldito sospechoso porque nos odiamos a nosotros mismos y aquello en lo que nos convertimos. Somos un montón de metrosexuales (personas centradas en su cuidado personal, apariencia y estilo de vida sofisticado, inmersas en la cultura de consumo y el mercadeo dirigido), arribistas que bebemos capuchinos y somos incapaces de respetar a un hombre de verdad.

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