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La Corrupción no es un problema cultural, columna de Opinión de Melanie Müllers

corrupción

Algunas personas opinan que la “cultura”, es el principal denominador de la corrupción. Esta opinión se genera por dos razones básicas. Primero, porque las culturas difieren unas de otras y por lo tanto, el significado de “corrupción” como el mal uso del poder para beneficio privado difiere en todo el mundo. En particular, las transacciones que se etiquetan como corruptas pueden ser perfectamente aceptables e incluso normativamente requeridas en otras sociedades. En segundo lugar, uno puede reconocer que la corrupción, tal como se define es dañina, pero creer que la única ruta hacia la reforma es a través de un cambio cultural, no es la solución, sino la excusa. 

Lo primero argumenta que no todas las sociedades aspiran al ideal de relaciones Estado/sociedad y que esta separación debe ser respetada por el mundo entero. El segundo reconoce que la corrupción socava el desarrollo económico y político, pero se concentra en los esfuerzos por cambiar las normas culturales.

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Por supuesto, debemos reconocer que las normas sociales arraigadas afectan la incidencia de la corrupción y la definición de un comportamiento aceptable. Sin embargo, el estudio de la “cultura” es una parte del esfuerzo analítico más amplio para comprender las causas y consecuencias de la corrupción. Algunos comportamientos (confiar en los demás, por ejemplo y entregar “regalitos” de agradecimiento a los servidores públicos) pueden estar enraizados por algunas costumbres culturales, pero también pueden originarse por cálculos estratégicos y conjeturas sobre algunos intereses comerciales personales. Uno de los objetivos de esta columna es demostrar que algunos comportamientos que aparentemente parecen generosos y solidarios pueden, de hecho, estar basados en cálculos estratégicos de interés propio que no tienen nada que ver con la “cultura”. Un segundo objetivo es resaltar la forma en que ciertos rasgos, a menudo considerados normativamente deseables, como la confianza, pueden, en algunos contextos, socavar las políticas públicas para beneficio propio. Sin embargo, antes de considerar estos casos complejos, es importante comenzar peguntándonos si ciertos rasgos relativamente fáciles de medir, como el género y la fe religiosa, están vinculados a la aceptación de sobornos y coimas… si también cuestionamos a la “cultura”.

Finalmente, creo deberíamos de ser más prudentes al relacionar corrupción y cultura porque señalar a la cultura de una nación como corrupta no nos llevará a ninguna parte. La discusión de la cultura para mejor comprensión de la corrupción debería darnos más beneficios en lugar de perjudicarnos. Cuando estamos señalando que a cierta cultura se le atribuye el comportamiento corrupto, definitivamente no es un buen inicio para lograr un cambio de política en el exterior. Debemos abrazar los valores culturales como base para prevenir la corrupción. La cultura guatemalteca con su valor de “orgullo familiar” puede usarse contra la corrupción al acentuar la importancia de preservar el buen nombre de la familia con logros personales, es necesario fortalecer el orgullo de tener logros legítimos. El valor cultural de ser prudente también se puede fortalecer para señalar la cuenta de las consecuencias futuras, como considerar todas las acciones alternativas a las posibles secuelas.

En definitiva, el valor de la cultura no debe verse como elementos individuales sino como una forma integral de pensar y de vivir. Por último, debemos distinguir la diferencia entre valores culturales y práctica cultural. Porque las diferencias culturales nacionales consisten en diferencias en valores (morales) y prácticas. Un funcionario de gobierno ético en un país sistemáticamente corrupto puede desaprobar moralmente el pago no oficial, pero será menos sensato para él ser el único funcionario honesto en un sistema donde el comportamiento corrupto se presume como una práctica social, que no tiene nada que ver con la “cultura”

Algunas personas opinan que la “cultura”, es el principal denominador de la corrupción. Esta opinión se genera por dos razones básicas. Primero, porque las culturas difieren unas de otras y por lo tanto, el significado de “corrupción” como el mal uso del poder para beneficio privado difiere en todo el mundo. En particular, las transacciones que se etiquetan como corruptas pueden ser perfectamente aceptables e incluso normativamente requeridas en otras sociedades. En segundo lugar, uno puede reconocer que la corrupción, tal como se define es dañina, pero creer que la única ruta hacia la reforma es a través de un cambio cultural, no es la solución, sino la excusa. 

Lo primero argumenta que no todas las sociedades aspiran al ideal de relaciones Estado/sociedad y que esta separación debe ser respetada por el mundo entero. El segundo reconoce que la corrupción socava el desarrollo económico y político, pero se concentra en los esfuerzos por cambiar las normas culturales.

Por supuesto, debemos reconocer que las normas sociales arraigadas afectan la incidencia de la corrupción y la definición de un comportamiento aceptable. Sin embargo, el estudio de la “cultura” es una parte del esfuerzo analítico más amplio para comprender las causas y consecuencias de la corrupción. Algunos comportamientos (confiar en los demás, por ejemplo y entregar “regalitos” de agradecimiento a los servidores públicos) pueden estar enraizados por algunas costumbres culturales, pero también pueden originarse por cálculos estratégicos y conjeturas sobre algunos intereses comerciales personales. Uno de los objetivos de esta columna es demostrar que algunos comportamientos que aparentemente parecen generosos y solidarios pueden, de hecho, estar basados en cálculos estratégicos de interés propio que no tienen nada que ver con la “cultura”.

Un segundo objetivo es resaltar la forma en que ciertos rasgos, a menudo considerados normativamente deseables, como la confianza, pueden, en algunos contextos, socavar las políticas públicas para beneficio propio. Sin embargo, antes de considerar estos casos complejos, es importante comenzar peguntándonos si ciertos rasgos relativamente fáciles de medir, como el género y la fe religiosa, están vinculados a la aceptación de sobornos y coimas… si también cuestionamos a la “cultura”.

Finalmente, creo deberíamos de ser más prudentes al relacionar corrupción y cultura porque señalar a la cultura de una nación como corrupta no nos llevará a ninguna parte. La discusión de la cultura para mejor comprensión de la corrupción debería darnos más beneficios en lugar de perjudicarnos. Cuando estamos señalando que a cierta cultura se le atribuye el comportamiento corrupto, definitivamente no es un buen inicio para lograr un cambio de política en el exterior. Debemos abrazar los valores culturales como base para prevenir la corrupción. La cultura guatemalteca con su valor de “orgullo familiar” puede usarse contra la corrupción al acentuar la importancia de preservar el buen nombre de la familia con logros personales, es necesario fortalecer el orgullo de tener logros legítimos.

El valor cultural de ser prudente también se puede fortalecer para señalar la cuenta de las consecuencias futuras, como considerar todas las acciones alternativas a las posibles secuelas. En definitiva, el valor de la cultura no debe verse como elementos individuales sino como una forma integral de pensar y de vivir. Por último, debemos distinguir la diferencia entre valores culturales y práctica cultural. Porque las diferencias culturales nacionales consisten en diferencias en valores (morales) y prácticas. Un funcionario de gobierno ético en un país sistemáticamente corrupto puede desaprobar moralmente el pago no oficial, pero será menos sensato para él ser el único funcionario honesto en un sistema donde el comportamiento corrupto se presume como una práctica social, que no tiene nada que ver con la “cultura”

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