Home OPINION Patria: Deteneos y reaccionad, columna de Opinión de Luis Enrique Perez

Patria: Deteneos y reaccionad, columna de Opinión de Luis Enrique Perez

(Un íntimo y confesional manifiesto personal)

Patria: ¿Por qué te perdiste? ¿Por qué caíste en el abismo? ¿Por qué desististe de ser promesa y te tornaste decepción? ¿Por qué ya no proseguiste en aquellas rectas sendas que se deleitaban con tu caminar? ¿Por qué te convertiste en tierra de nadie, en tesoro de depredadores y en festival de corruptos? ¿Por qué tu poder legislativo, y tu poder judicial, y tu poder ejecutivo, se convirtieron en orgía del delito, en banquete de la ineptitud y en paraíso de ilícita prosperidad?

Patria: Te encuentro asaltada, arrasada, violada, insultada y golpeada. Te encuentro bañada en el fango, paseando ebria con la inmoralidad, y concediendo dadivosa licencia a la obscenidad, y contemplando resignada la franca corrupción del gobernante, la cínica prostitución del legislador y la lucrativa venalidad del juez. Y me grito a mí mismo: “¡Es imposible que esa patria pueda ser mi patria!” Y ese grito resuena en los espantados rincones de mi errabunda y doliente alma perturbada.

Patria: El vigoroso llanto del hijo recién nacido, la cumplida misión de tus ancianos, el ímpetu poderoso de tus jóvenes, el genio laborioso de tus trabajadores, el espíritu competitivo de tus auténticos empresarios, y la energía de tus hombres y el coraje de tus mujeres, y el heroísmo de quienes impidieron que te asaltaran ominosas legiones insurgentes, te habían convertido en una grata certidumbre de tierra prometida, y en un jardín de florecientes ilusiones, y en una gratificante donación de la divina gracia. ¿Por qué huyó esa certidumbre? ¿Por qué se marchitaron las ilusiones? ¿Quiénes robaron la donación? ¿Cómo pudo ocurrir tu pavorosa depravación?

Patria: Confieso que yo mismo permití tu desgraciada metamorfosis, tu multiforme perdición, tu residencia en los submundos del mal, tu placidez en los infiernos, y tu cortesanía entre sepultureros de la justicia, verdugos del derecho y mutiladores de la ley.

Patria: Confieso que yo mismo permití, entonces, que tus gobernantes fueran preciado engendro de la ineptitud, pero eficaces invasores del tesoro público. Permití que tus legisladores fueran agentes de degeneración del poder legislativo. Permití que tus magistrados judiciales fueran profanadores de las cortes y delictivos asaltantes del templo jurídico constitucional.

Patria: Confieso que permití que embajadores que en su propio país quizá eran recolectores de residuos citadinos, o reparadores de alcantarillas suburbiales, o relegados ocupantes de sombríos sótanos, o hijos ilegítimos de la diplomacia, pretendieran juzgarte y condenarte, y hasta gobernarte. Y también permití que prosiguiera la nueva época colonial obrada por una imperial comunidad internacional.

Patria: Confieso que permití que te declararas incapaz de investigar el crimen y perseguirlo, y que te sometieras a un ilimitado poder internacional para investigarlo y perseguirlo. Fue aquel poder del cual te jactabas por su presunta eficacia; pero no sentías vergüenza de necesitar de él. Y hasta eludiste reconocer que ese mismo poder se agregaba a la criminalidad, con una inaudita ventaja: la legalidad de su holgada impunidad.

Patria: Confieso que he permitido que, sometida al poder internacional y al poder extranjero, incrementes tu inmerecida pobreza con una nueva y más inmerecida pobreza: la indignidad; aquella que consiste en que, aunque solo te es exigido besar manos, también besas pies; o, aunque solo te es exigido inclinar la frente, también reposas tus rodillas en el suelo.

Patria: Ya no más agobiante interrogatorio, ni más culpa confesada, ni recuerdo de grato pasado, ni resignada consciencia de ingrato presente, ni angustiosa pena por incierto futuro.

Patria: Deteneos. No seáis rebaño que avanza hacia el abismo mortal, guiado por malditos pastores. Y reaccionad. Reaccionad con lúcido pensar, irresistible voluntad, sagrada cólera, temible paso sísmico, fogoso himno victorioso y arrogante grito rebelde.

Patria: Deteneos y reaccionad. La esperanza no puede extinguirse, ni debe extinguirse. Debe ser esperanza como aquella que yacía en el fondo de la mítica ánfora pandórica, y que surgió beatífica cuando ya todos los males habían escapado y vertido su maldición en el mundo.

Patria: Deteneos y reaccionad. Puedes recuperar tu maravilloso destino. Puedes nacer de nuevo y ser milagrosa obra de una fantástica resurrección. Puedes pronto ser ya no mera promesa sino cumplida promesa; y ya no mero sueño sino realizado sueño; y ya no mera esperanza sino consumada esperanza. Y nuevos hijos tuyos podrán advenir para renovar la promesa, el sueño y la esperanza, en una sucesión indetenible de benefactoras generaciones.

Patria: Deteneos y reaccionad. Los desgraciados hijastros de tu historia, los dilectos engendros de la miseria humana, los elegidos por la democracia, pero aborrecidos por la moral, y los preferidos por el vicio, pero detestados por la virtud, jamás han de dictar tu destino. Convertíos ya en combatiente hija de la libertad, que levanta la ofendida bandera, devuelve su pureza a la monja blanca, libera el cautivo quetzal y vindica indignada el despreciado escudo nacional.

Post Scriptum. Patria: en el cielo de tu más luminosa primavera resuena una misteriosa voz portentosa que así te habla: ¡Vosotros también sois santo pueblo elegido por un grandioso poder divino!

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