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Los periodistas, columna de Opinión de J. Fernando García Molina

El término “periodista” se refiere a una amplia gama de personas encargadas

de proveer información a la población. Los más conocidos por el público

posiblemente son los reporteros, a veces llamados “caza noticias” (en Italia

paparazzi). Quienes se especializan en temas específicos reciben el nombre

de “cronistas”. Hay cronistas deportivos, sociales, políticos, judiciales,

legislativos, de espectáculos…

En los estudios de radio y televisión los presentadores, como Luis Pellecer,

son la cara visible. Uno de los segmentos favoritos de la teleaudiencia es el

de entrevistas en profundidad donde destacan Baldizán, Dionisio, Rayo,

Jacobs y Díaz Durán, entre otros.

Si para alguien ha sido peligroso el ejercicio del periodismo, ese ha sido para

quienes han tomado el género de investigación periodística. Una mezcla de

judicial, otro de policial y uno más de periodista. Hace unos años Sylvia

Gereda y Pedro Trujillo (después solo Sylvia) hicieron en “Informe Especial”

ese tipo de periodismo. Tuvieron problemas, con el embajador de Suecia

primero y con casi toda la “comunidad internacional" después. La revista

“Crónica” también hizo periodismo de investigación.

Un grupo poco numeroso de investigadores, frente a una computadora

escudriña en la internet documentos publicados previamente por otros.

Buscan en reportes científicos, históricos y estadísticos, así como en las

hemerotecas virtuales locales y extranjeras, los datos precisos que les

permiten armar las historias que desean contar a sus lectores. Su trabajo es

parecido al del historiador, pero a diferencia de este, persiguen un fin

previamente establecido. Sus publicaciones ocupan varias páginas y suelen

ser muy completas. El ya extinto “Nómada” de Martín Rodríguez y la actual

“Plaza Pública” son buenos ejemplos de ese periodismo preciso, detallista,

meticuloso.

Menos prolijo fue el periodismo del recordado Jorge Palmieri en su blog

“JorgePalieri.com”, que permanece abierto. Allí, su legado presenta una

versión amena de la historia de nuestro país y de sus personajes. Palmieri,

antes de publicar documentos extensos en su blog personal, lo hizo como

columnista de opinión en todos o casi todos los periódicos impresos de

Guatemala.

Los periodistas que publican artículos en los diarios impresos forman una

clase especial dentro de ese gremio. Son los columnistas. Se trata de

personas cuyos ingresos provienen de fuentes diferentes a los periódicos, lo

que les da mayor autonomía. Es impensable que un periódico pida a un

columnista editar su texto en cuestiones de fondo. A lo sumo, puede negarse

a publicarlo y dar por terminada la relación, pero eso muy rara vez sucede.

Un periódico que se respeta como tal, honra la opinión de sus columnistas y

se prohíbe censurarlos.

La sección editorial de un periódico consiste en una columna que refleja la

línea editorial u opinión del periódico sobre cualquier tema. A diferencia de

los artículos en la sección de opinión, su contenido es responsabilidad

exclusiva del medio en cuestión. Muchas veces en su redacción y revisiones

participa más de una persona.

Escribir un artículo de opinión significa, para su autor, un trabajo de

investigación que puede llegar a ser profundo. Haberlo hecho muchas veces,

no reduce el tiempo para hacer el siguiente. Todo lo contrario, lo amplía.

Varios autores dedican largas sesiones a redactar un artículo, a veces más

de 25 horas de trabajo disgregadas en una semana. Los columnistas más

serios no están dispuestos a permitirse un error en cuanto a las fechas,

cantidades o nombres que cita. Aun cuando tales errores se presentan, se

trata de excepciones.

Con frecuencia un columnista ha escrito varios libros o trabaja en uno. Su

forma de escribir es peculiar. Desarrolla su texto con frases cortas; los

párrafos contienen pocas oraciones y hay un esfuerzo intenso para quitar

términos especializados dejando solo palabras de uso común. Muchos

columnistas suelen pensar que un texto solo está terminado, cuando después

de muchas revisiones ha suprimido todo lo que pueda ser prescindible. Sabe

que entre menos palabras emplee mejor será el resultado. La suya es una

satisfacción íntima.

La mayor parte de los columnistas son profesionales de diferentes

especialidades. Profesores universitarios, constitucionalistas, decanos,

economistas, sociólogos, psicólogos, filósofos… La mayoría no solo cuenta

con una amplia formación profesional sino también suele estar integrada por

los más destacados en su particular rama de actividad.

Muchos han desempeñado cargos públicos importantes. Arévalo, Marroquín

Rojas, Villagrán Kramer, Portillo, Alejandro Maldonado y el actual presidente

fueron columnistas. Conté 31 columnistas que fueron candidatos

presidenciales y vicepresidenciales en los 36 años de la actual Constitución.

Otros ocuparon posiciones en el BANGUAT, la Superintendencia de Bancos

y el OJ. Muy pocos, como Linares, han sido diputados. También los hay que

fueron ministros de Estado

¡Tanto y tan valioso conocimiento y experiencia acumulados en esas

personas es expuesto a los lectores!

En los columnistas se puede observar un pensamiento constante a través de

los años. A diferencia de los políticos, ellos no niegan hoy lo que afirmaron

ayer. Sus cambios, en lo que publican, solo reflejan la mayor madurez que

les ha ido dejando el tiempo. Evolucionan sobre una misma línea de

pensamiento.

Humberto Preti y Mario Roberto Morales, uno en la derecha, en la izquierda

el otro, mantuvieron la misma ideología hasta el último de sus días. Lo mismo

sucede con prácticamente todos los demás. La evidencia escrita permanece

allí, desafiante, en la hemeroteca nacional, en las colecciones privadas y en

los registros de los diarios donde publicaron.

Muchas columnas de opinión de los periódicos en Guatemala rivalizan

favorablemente con las de los más prestigiosos diarios del mundo. Se puede

afirmar con la mayor seguridad que, entre los columnistas de opinión en los

medios escritos, se encuentran las personas que tienen mayor conocimiento

sobre los problemas de nuestro país y la forma de resolverlos.

En 2015 escribí sobre la fantasía de un Congreso de la República integrado

mayoritariamente con los columnistas de esa época. La discusión

parlamentaría se volvía necesariamente intensa y de tal elegancia,

refinamiento y erudición que la televisión comercial reproducía las

transmisiones de “Canal Congreso”. Los debates entre los diputados

sustituían a sus mejores programas. Mucha gente los seguía e iba, poco a

poco, desarrollando una cultura cívica profunda.

De ese conocimiento, los ciudadanos aprendían a respetar las leyes, las

instituciones del Estado y sus decisiones. Así, desde el Congreso se

estimulaba el clima que prevalecía en la sociedad, que era de una

prosperidad intelectual como la que habrá tenido la antiquísima Atenas.

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