Home OPINION Una infortunada metáfora económica de Adam Smith, opinión de Luis Enrique Perez

Una infortunada metáfora económica de Adam Smith, opinión de Luis Enrique Perez

Adam Smith nació en Kirkcaldy, ciudad costera  de Escocia. Fue bautizado el 5 de junio del año 1723 y murió el 17 de julio del año 1790, en Edimburgo, ciudad capital de Escocia. Fue un filósofo moral, autor de una de las obras más influyentes en la historia de la ciencia económica. La obra se denomina “Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones”, originalmente publicada en marzo del año 1776.

Por primera vez Smith empleó la expresión “mano invisible”en su obra “Historia de la Astronomía”, que probablemente escribió a partir del año 1744, hasta el año 1750, o quizá hasta el año 1758. Esta obra fue publicada después de su muerte. En ella Smith afirmó que “el fuego quema, el agua refresca, los cuerpos pesados descienden y los cuerpos ligeros ascienden por su propia naturaleza; y jamás la mano invisible de Júpiter ha tenido que detenerse para intervenir en esos sucesos.”

Por segunda vez Smith empleó la expresión “mano invisible” en su obra “Teoría de los Sentimientos Morales”, publicada en el año 1759. En esa obra afirmó que los ricos, dirigidos por “una mano invisible”, distribuyen los bienes necesarios para la vida “casi del mismo modo como se hubieran distribuido si la tierra hubiera sido dividida en porciones iguales, entre todos sus habitantes.” Y entonces, “sin intentarlo… los ricos contribuyen al progreso de la sociedad.”

Por tercera y quizá última vez Smith empleó la expresión “mano invisible”, en su obra “Investigación de la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones”. En esta obra, en torno al individuo que prefiere invertir su capital en la industria de su propio país y no en la de otro, afirmó Smith: “En su preferencia por dedicarse a la actividad nacional más que a la actividad extranjera, él solamente quiere su propio bien; y en el intento de dirigir esa actividad para producir un valor máximo (de la riqueza anual de la sociedad), su propósito es procurar solamente su propio beneficio; pero en este caso, como en muchos otros casos, el individuo es dirigido por una mano invisible para promover una finalidad que no es parte de su intención. Y no siempre es lo peor para la sociedad, que esa finalidad no sea parte de su intención. En la persecución de su propio interés el individuo frecuentemente promueve el interés de la sociedad más eficientemente que cuando deliberadamente pretende promoverlo”. Agregó Smith: “Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo.”

En “Historia de la Astronomía”, la expresión “mano invisible” no denota, evidentemente, un fenómeno económico, sino que alude a quienes invocan un poder divino para explicar fenómenos naturales. En “Teoría de los Sentimientos Morales” esa misma expresión denota un fenómeno económico: los ricos contribuyen al progreso de la sociedad, aunque su intención no sea contribuir a ese progreso. En “Investigación de la Naturaleza y las Causas de la Riqueza de las Naciones” la expresión también denota un fenómeno económico: perseguir el propio bien beneficia a la sociedad.

Creo que uno de los méritos de Smith es haber advertido que contribuir al bien del prójimo no implica tener tal finalidad, y también haber advertido que el individuo “frecuentemente” es más eficiente en procurar el bien de su prójimo cuando su finalidad no es procurarlo, sino cuando su finalidad es su propio bien. Por supuesto, la benevolencia puede ser admirable; pero, por ejemplo, podemos adquirir pan, no por la benevolencia del panadero, sino porque, por su propio bien, él es productor de pan. Y varios panaderos pueden competir por producir  el mejor pan, o el pan más barato, no por benevolencia, sino por su propio bien.      

Opino que Smith jamás creyó que hubiera una “mano invisible”, misteriosa y sobrehumana, que dirige el mercado. Smith empleó metafóricamente la expresión “mano invisible”, con significado económico, para denotar el efecto socialmente benefactor que, en el mercado, provoca el individuo que actúa para procurar su propio beneficio, aunque su finalidad no sea ser un santificable benefactor social. La empleó metafóricamente, es decir, es inverosímil que él hubiera creído que un maravilloso ente supra individual, que no podía ser percibido sensorialmente, intervenía en la consciente finalidad económica del individuo para agregar una secreta finalidad inconsciente socialmente benefactora.

Es inverosímil que lo hubiera creído; pero su metáfora es la más infortunada que uno pueda imaginar en la ciencia económica. Lo es porque posibilita acusar al mercado de ser el causante de problemas que realmente son causados por los políticos que pretenden dirigir la economía. Es decir, parece sensato creer que aquellos problemas surgen por errores de la mano invisible, y que los políticos, realmente causantes de tales problemas, deben multiplicar su intervención en el mercado, para corregirlos. Y John Maynard Keynes podría haber afirmado, con arrogante pretensión de licitud, que aquella mano cometía errores sobre las proporciones de ahorro, inversión y consumo que requería una economía próspera, y entonces reducía la “demanda efectiva” y provocaba depresión económica, y los políticos debían intervenir para corregir aquellos errores.

El mercado, o libre producción, intercambio y consumo de bienes económicamente valiosos, no es guiado por una  mano invisible, ni por un pie invisible, ni por un  brazo invisible, ni por una pierna invisible. Ni aun por algún omnisapiente cerebro invisible. El mercado, realmente el mercado, es guiado por seres humanos que, de modo jurídicamente compatible, libre y deliberadamente actúan para procurar su propio bien mediante la producción, el intercambio o el consumo de aquellos bienes; y en el proceso de procurarlo contribuyen al bien del prójimo.

Post scriptum. Los adversarios, o los críticos, o los enemigos, del mercado, pueden insistir en aquella mano invisible precisamente para atacar el mercado. Empero, quienes creemos que el mercado es el más idóneo recurso de la sociedad para crear riqueza general, en el supuesto de que los políticos no lo corrompen, debemos prescindir de esa metáfora, y hasta refutarla implacablemente.

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